martes, 25 de octubre de 2016

Bob Dylan

Quiero pensar que la primera vez que oí Girl from the north country lo hacía en el trayecto de ida hacia un lugar al que ya no regresé sabiendo que esa era la última vez que vería el mar desde esa ventana. No escribiría nunca sobre esa mujer. No había mucho sobre lo que escribir. Sin embargo esa canción sonaba con la fuerza de quién ha perdido algo que no estaba en ese viaje, ni en quienes había conocido anteriormente.
Los viejos poetas están anquilosados en un lenguaje demasiado antiguo, demasiado abstracto, tan lleno de un lenguaje tan irreal que ese concepto de la belleza se acaba perdiendo en la segunda metáfora poco afortunada. Los jóvenes poetas se miran tanto a sí mismos que uno se pregunta en qué momento saldrán de su eterna adolescencia en la que el mundo gira y gira sobre su rebeldía con derecho a paro y a manutención en un bar donde recitan todas esas cosas. Como Bukowski dirían. Pero el bueno de Hank cobraba y su alcohol sabía a vida mientras que lo demás sólo huele a gente tan sola que asusta la cantidad de gente que hay en esa clase de sitios donde fingen escucharse.
Cuando escucho las canciones de Bob Dylan no tengo esa sensación de no pertenecer a nada. Sus canciones hablan de tantas cosas que no he vivido que me asombra descubrir que empatizo con la chica que ha perdido en un pueblo de Italia llevados por la confusión que da la distancia y no saber qué quieres cuando todo lo que te han enseñado es que el amor dura, y que siempre estaremos ahí, brincando como un mar bajo una luna que se lo come.
Pienso en Pat Garreth y Billy the Kid. Dicen que Dylan nunca se llevó demasiado bien con Sam Peckinpah, pero este último usó sus canciones como si se hubieran inventado para la película. Como si el propio director hubiese tenido una epifanía y supiera cómo hacerlas aún más grandes de lo que eran. Llamando a las puertas del cielo cuando la muerte a la hora del crepúsculo se llena de poesía.

Es cierto que la poesía nació de las canciones y que si a esta la llamamos literatura, no entiendo por qué no se le llama igual a lo segundo. Y no es menos cierto que la belleza nació de la verdad a quien le ponemos bonitos vestidos, bonitos zapatos, trajes recién sacados de la sastrería para que su dolor, su impacto, su modo de influirnos, de quedarse dentro de nosotros, no sea tan violenta. Llámalo literatura. Llámalo encender una cerilla en esa vasta oscuridad de la que no sabemos gran cosa.
Dylan ha influido a poetas, a músicos, a novelistas, a cineastas. Todd Haynes hizo una de esas biografías arriesgadas y fascinantes con I’m not there, donde separa sus distintas esencias para escribir sobre ellas su propia nueva canción sobre un hombre ya viejo.
Y es que quienes vinieron después siguieron escribiendo sobre un camino que él pintó con las baldosas amarillas de Oz. Los hermanos Coen lo sabían bien cuando escribieron la historia sobre un perdedor de los de verdad, no de los de recital, al que llamaron Llewyn Davis. Basada en la autobiografía de Dave Van Ronk, este bien podría ser el padre musical de Bob Dylan. La película acaba con él viendo actuar a un joven Bob bajo el foco de un café donde se pueden cantar cosas íntimas, de gente rota, de nosotros mismos recogiendo nuestros pedazos mientras en la televisión dan malas noticias y los concursos entre descerebrados nos desconectan del trabajo, del mes que no termina, de los malos poemas que hemos escrito pensando en todas las veces que soñamos hacer temblar escribiendo algo grande, y lo único que tembló fue algo cuando sonaba esa canción y todo cambió sin que nadie lo supiera.