viernes, 26 de agosto de 2016

Opio. Maxence Fermine


“Opio”,  de Maxence Fermine,  se lee y se fuma en una tarde, y tiene ese tipo de narrativa ligera con cierta propensión a la poesía que nunca alcanza del todo. Un quiero y no puedo, o un debería pero no me apetece. Pensé mientras la leía, como otros muchos antes de mí, en Seda de Baricco, ya que su estructura de capítulos muy breves, la idea del viaje exótico de un occidental a un país oriental, y la poesía, están también en esta novela. Pero sucede que como en las películas malas que nacen de películas buenas, por mucho encanto que estas tengan, no dejan de ser una imitación que no es nunca como la original. Porque del mismo modo que Baricco puede recordar a la absoluta delicia de Las ciudades invisibles de Calvino, Seda tiene su propio recorrido íntimo cuyo viaje, no es sólo el de un hombre que viaja hacia Oriente en busca de seda o de té, como en el caso de la novela de Fermine, sino que también lo es de una búsqueda, de algo que conocemos en su trayecto acerca de nosotros mismos, del amor de una Penélope que nos espera más allá incluso de toda esperanza.
"Opio" no es nada de eso. Es una promesa agradable que no acaba de cumplirse, un viaje vacío, una canción cuya letra parece decir cosas y en realidad, como las de Vetusta Morla, no dice nada. Es un misterio que se desvela demasiado evidente y una conclusión demasiado pobre para una idea que prometía si no originalidad, sí al menos cierta artesanía que fuera más allá de entretener sin más.
Con todo lee sin detenerse, sin distracciones, y es el tipo de lectura que recomendaría a quién empieza a leer, a quién le guste viajar a través de la imaginación ya repetida por lo exótico sin pretensiones. Es como un regreso torpe a aquel romanticismo tardío que ya imaginaron compositores como Ketèlbey con su mercado persa, o como Leo Delibes, quien recreaba en su Lakmé un paisaje hindú lleno de flores y de caballeros ingleses, no tan caballeros después de todo ya que fueron a globalizar la India, y que acaban rendidos, hechizados y envenenados ante el embrujo de lo extraño, o del elixir de amor, o de su propio vacío que es como una camisa limpia que cubre el pecho de un sin sangre. O de un fumadero de opio con el que te encuentras mientras buscas la esencia del té más raro y exquisito que hayas probado nunca. 

 

1 comentario:

mismoyo dijo...

Zasca a Vetusta Morla sin tenerlo que coger con pinzas.

Un abrazo Luis, crítico de libros, antes de blogs.