sábado, 27 de agosto de 2016

La analfabeta. Agota Kristof


 
Compré “La analfabeta” en la última feria del libro de Madrid. El puesto, de la editorial Alpha Decay, estaba vacío y solamente se detenía en él algún curioso accidental. En la feria, las casetas que estaban llenas eran las de los que salían en televisión, presentadores y presentadoras en su mayoría, y con dispositivo de seguridad especial la visita de un youtuber cuyo único mérito en esta existencia consistía en tener un canal donde insultaba a los demás. Me pregunté si sabría lo que es un libro, y no me refiero a reconocerlo por sus pastas. Haciendo cola había, sobretodo, adolescentes. Muy cerca de esa caseta compramos un libro de poesía de Antonio Vega y al ver aquello, sentí sed y quise beberme una cerveza.
En el puesto de Alpha Decay la chica al otro lado del mostrador, al ver que miraba el libro de Kristof, quiso hablarme de ella. Le dije que ya la conocía, que había leído en un club de lectura Klaus y Lucas. Le dije que era un título muy malo para querer aglutinar en un único libro lo que inicialmente fue pensado como tres novelas independientes pero unidas entre sí por la infancia, juventud y madurez de sus protagonistas. Aquella novela me había apasionado y la chica me dijo que le sorprendía que en un club de lectura hubiese llegado una así. Teniendo en cuenta que los libros de la última temporada no me habían gustado en su mayoría, pensé también en ese raro milagro en el que una novela logra algo más que entretener.
La leí entonces con voracidad. Se lee en una hora, en realidad, ya que se trata de capítulos muy breves que hablan de la vida de la autora desde su infancia y adolescencia en un internado de reeducación, su llegada a Suiza como refugiada donde el idioma le convierte en una analfabeta, y el arte de escribir. La prosa de Kristof, va entre lo conciso y lo poético, entre lo lúcido y lo vital. Escritura honesta, que diría Bukowski. Ese tipo de lecturas que te recuerdan que hay algo hermoso frente a todo lo que es mediocre, con esas largas colas ante novelistas sin talento cuya única finalidad es vender, y está bien, nada que objetar al comercio. Pero eso no es literatura. No al menos la que busco, ya que, como con todo, sobre gustos hay mucho escrito y nadie se pone de acuerdo. Después de todo, las novelas, como el cine o la música, son una forma de escape, bien hacia otros lugares que nunca visitaremos, o bien hacia nosotros mismos, como modo de conocernos, comprendernos, ser más empáticos.
Eso es “La analfabeta”, una tipo de narrativa donde encontrar en la verdad y la belleza algo que nos reconcilia si no con los demás, sí en la tregua que hacemos entre nosotros y los fantasmas que nos habitan.

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