sábado, 26 de septiembre de 2015

Pulp

Cuando leo a Bukowski siento que me gusta mucho más que otros escritores quizá más cultos o con más técnica literaria. Pienso que a veces no se trata solamente de escribir bien, o condenadamente bien, sino que se trata de saber empatizar con el lector. O más que empatizar con el lector, encontrar en él, dentro de él, todo lo humano que nos habita de un modo no expresado verbalmente y cuyas palabras encontramos reproducidas en esa novela.
Al leer Pulp, leo una novela tan absurda y surreal como condenadamente divertida. El padre del realismo sucio, el de las noches de vino barato bebido en pensiones de mala muerte, el que escucha en la radio música de perdedores como Schubert, el que se masturba pensando en las piernas de la dependienta del supermercado o de la camarera, el que se encuentra con mujeres disfuncionales tras el éxito de sus primeros relatos y novelas y que le sacan de su ostracismo sexual, también desprende una profunda ternura tras toda esa desgarrada e irónica visión de cuanto le rodea.
Después de leer casi todas sus novelas te das cuenta de que Bukowski no sabía escribir sobre otro que no fuera él mismo. No importa cuántos nombres usara: Chinaski o Belane, siempre era él tras toda ficción. Puede que exagerara alguna borrachera, puede que algunas de esas mujeres que le llevaron a mostrarse a la defensiva en su manifestación erótica no fuesen exactamente como las describiera, pero eran ellas y sobretodo eran como él las veía: hermosas y distantes, desquiciadas y humanas. La verdad de todos nosotros ahí escrita tras la puerta de un baño público: si quieres sexo homosexual llama a este número, amo a Sonia y se lo he demostrado delante de esta taza, he bebido hasta olvidarme durante unas horas de ti. Eso traduces, porque la única poética que hay en los baños es la misma que la que Bukowski veía en todas sus tardes de derrota y máquina de escribir cuando lo único que quedaba era sacar de dentro todo lo que le salvaba de volverse loco.
Las mejores canciones de amor nacieron de días como esos, de hombres y mujeres rotos que buscaron en la belleza o en su sordidez algo a lo que asirse para darle sentido a lo que no lo tiene, a la vida que nos toca con toda su miseria y pequeñas cosas agradables. Nada tiene sentido, y sin embargo te amo y me perdería en ti hasta no escribir jamás, le he dicho a ella alguna vez. Al menos ser escritor no es como ser músico, porque los músicos se acaban suicidando y los escritores viven el tiempo suficiente. Quizá porque escribir una canción lleva menos tiempo que escribir una novela. Quién sabe, nada tiene sentido y me muero de ganas de perderme en ti, quiero decirle, y cerrar Pulp, y con ella los ojos.
Y olernos.