domingo, 20 de noviembre de 2011

El Hermitage. Un paseo por una exposición.




Catalina II (1793) Giovanni Battista Lampi




Pienso en Catalina la Grande, en su obsesión por el arte, en la creación del Hermitage y en un paseo por el Prado. Al ver a la entrada de la exposición una enorme fotografía donde se puede ver el palacio donde los zares vivieron y fueron comprando una vasta colección de obras de arte y antigüedades, pienso no sólo en lo majestuoso, sino en el obsesivo y exquisito arte de rodearse sólo de cosas hermosas, de permanecer en una vida que sea sólo belleza. Esa burbuja que como el alcohol para un alcohólico nos aísla de ese otro mundo llamado real.

Así que entro a ver la exposición, una minúscula parte de la historia que empezara en Rusia hace unos doscientos años cincuenta años, con Catalina buscando por Europa el éxtasis de Stendhal. La imaginé amando a hombres hermosos, puede que a poetas, dejándose seducir en su alcoba sólo por palabras que estuvieran a la altura de los lienzos de Rembrant o de Rubens. De van Dyck. Y en sus manos que rodean la espalda desnuda del amante continúa el recorrido por la historia, de manera que los sucesores de Catalina siguen con su empresa, y así el Palacio de Invierno de los zares se convierte en el museo involuntario de una obsesión por la belleza.



The Kreuzkirche in Dresden. Bernardo Bellotto.


Pienso entonces el compulsivo siglo XIX, el inventor de la máquina a vapor, de la fotografía, del telégrafo. El siglo que llevó a los hombres de campos a la ciudad, pasando a vivir de pequeñas casas junto a los cultivos, a la masificación de un bloque de edificios. Mientras Baudelaire bebe unos tragos de láudano un año antes de morir, el zar Alejandro I compra la Madonna Litta de Leonardo da Vinci. Sigue un recorrido donde llegan los colores, las impresiones, una pintura de Monet cuyos colores tiemblan en el estanque como el labio inferior de Catalina cuando su amante la inunda convirtiendo su cuerpo en un naufragio.

Momentos antes he visto una fotografía de la biblioteca del Hermitage: majestuosa y profunda. Todas esas palabras que probablemente nadie haya leído en su totalidad y para cuya lectura posiblemente se necesiten varias vidas, están ahí, esperando a ser descubiertas no tanto por lectores casuales, sino por lectores que sepan comprenderlas del mismo modo que el amante comprende que la alcoba ya no es su sitio cuando ella duerme y no queda en su memoria ni siquiera tu nombre. Así que ese hombre sin rostro pasea por los largos pasillos mirando a un Tiziano, un Veronés –cuyo ángel sosteniendo la mano herida y muerta de Cristo me recuerda a Harpo-, un Caravaggio. Y ese mismo recorrido lo veo entre todos los que pasean por un museo con su audioguía colgando de sus orejas como un pendiente extraño, escuchando serias explicaciones sobre la historia que llevó a esos cuadros a viajar de diversos lugares de Europa hasta San Petesburgo, sus dos guerras mundiales, algunas de sus pérdidas. Este instante en el que aún me siento impresionado por ver por vez primera un Gauguin, la imperiosa fuerza de la Magdalena penitente de Antonio Canova, un paisaje abismal de Friedich en cuyo aire flota la devastadora fuerza del romanticismo, la absoluta sexualidad de la Primavera eterna de Rodin. O La bebedora de absenta de Picasso, a quien he imaginado leyendo una edición sin censura de Las flores del mal en esa mesa perdida en un rincón de cualquier café y la soledad de una mañana de invierno donde ningún desconocido se sienta ya contigo a beber un último trago.



La bebedora de absenta (1901). Picasso


Así La conversación de Matisse y sus azules como sangre de zares y reyes, reinas que vistieron joyas que nacieron en Siria, o en la China de los emperadores. El misterio de la Mujer con sombrero negro de van Dongen, la Composición VI de Kandinsky con su tormenta serena de colores sobre un lienzo de enormes dimensiones. Y por último un pequeño cuadro que me hizo reír porque lo entendí como una gran broma hecha a toda la historia del arte: Cuadro negro de Malevich.



Cuadro negro. Kazimir Malevich

Me detuve en él no sólo por ser el último, sino porque encontré gracioso que estuviera ahí, que el final de una historia que había empezado en el siglo XVIII concluyera en un pequeño y ridículo cuadro negro cuyo marco pintado era blanco. La broma que se extendía a la tienda del museo dedicada a la exposición, porque sobre el mostrador donde te cobraban las postales o las láminas, o los imanes para frigorífico, vendían unas bolsas con el motivo del cuadro cuyo coste era de cincuenta euros, haciéndome pensar en lo absurdo de un chiste, el no arte burlándose de la belleza, del amante de Catalina, de las tropas rusas invadiendo Berlín y saqueando parte de sus colecciones artísticas. La historia de Europa reducida a eso, el recorrido de un museo, puede que nuestra propia vida.