jueves 8 de diciembre de 2011

La flor del mal

Autorretrato (1973) Francis Bacon


Decía Kundera que el arte de la novela reside no sólo en la capacidad arquitectónica del novelista en lo que se refiere a la construcción del texto, sino en su capacidad de descubrir la trastienda del ser humano, la esencia de cuanto existe de sí mismo proyectado hacia cualquier tiempo. Cortázar habla del silencio sobre lo cotidiano y que el novelista lo que hace es darle voz a todos esos silencios, de manera que cuando leemos ese texto y nos identificamos, de algún modo, ese extraño que nos ha descubierto algo de nosotros mismos que no le hemos contado ni revelado a nadie nos hace sentir menos solos. Lo que me lleva a pensar que el arte es en su esencia ese amigo o ese amante que te busca a través de las edades y de los siglos para confesarte algo de ti mismo que no te atrevías a decir. Quizá porque te sintieras ridículo o porque pensabas que se trataba de algo censurable.


De esta forma imagino a Baudalaire escribiendo la antítesis de sus flores del mal donde la belleza se deforme y se desfigure como su memoria después de los burdeles o del vino, puede que ya del opio. Le ha escrito un poema hermoso a la prostituta que ha yacido con él, porque durante esos momentos se quiso sentir amado porque su piel clamaba un afecto que acaba rendido ante el erotismo. Porque la sustancia del sexo es la sustancia de la belleza, y todo lo deforme y todo lo sucio, todo el sudor o el vino excedido intoxicándole, es exactamente el mismo poema que pudo escribir Rimbaud en brazos de una esclava porque en ese momento de su vida, no existía nadie que pudiera ofrecerle cuánto necesitaba. O quizá comprenderle. La prostituta o la esclava sacan de Baudelaire o de Rimbaud verdades sustanciales de nosotros mismos. Amor falso y belleza verdadera, una dicotomía fascinante que desmonta toda verdad sagrada e inamovible. O más que verdad, todo código moral cuyo significado se ha ido pervirtiendo y desfigurando en tiempos ya obsoletos.


Así que después de haberse derramado sobre la amada eventual, esa flor extinta cuyo olvido empieza con el aire nocturno de Montmartre, veo a Rimbaud escribir por Baudelaire sobre su prostituta perdida: No soy hermosa, pero te busco desesperadamente en cualquier ojo que me haga bella, pues mi perfume no es la hoja intensa y roja del jardín, sino el estiércol del jardinero. Porque todos los poemas llevan tras de sí uno de esos pequeños dramas que si se narraran tal cual nadie querría oír. Porque no sería hermosa y nadie querría mirarme. Porque bebo para sentirme cómoda no en un lugar en el que nadie me aprecie, sino en esa clase de lugar en el que no sé mirarme a mí misma y pierdo todo valor. Salvo en ti que cuando me miras el mundo entero parece temblar a nuestros pies, todas las guerras un silencio donde nos besamos, todas las flores del mundo un único y delicado texto en el que al reconocernos no nos sentimos tan abandonados. Aunque nada sea cierto y tampoco me importe.