Yaku. Alberto Iglesias para la banda sonora de "También la lluvia"

Me gusta escribir con música. He pensado últimamente en esos diarios que escribe la gente y en las canciones que pone, normalmente como una especie de muestra de estado de ánimo o bien cómo reivindicación de una individualidad que no saben que no existe. Porque todos somos hijos bastardos del silencio y no es mal pretexto para creer que somos únicos en un lugar en el que hasta dios se metería farlopa si pensara que así le arrancaría un poema de mujeres y derrotas a Leonard Cohen. Y resulta que escucho desde hace tiempo un programa de radio que emiten los martes noche donde ponen esa clase de música atroz que incluso cuando es buena el locutor la asesina como una madre llena de amor castra la sexualidad de su hijo, haciéndole creer que todas las mujeres son malas y perversas menos ella.
Muchas veces, al compás de alguna canción he leído cosas como que cuando no esté contigo me echarás de menos. Como si la mirada del otro fuese a cambiar sobre nuestra bondad ahora que ya no estamos. Como si que no nos comprendieran fuera un delito aún mayor que no buscar entender a quien ya no está. Es fascinante mirar a quien sólo se mira a sí mismo y piensa que el mundo gira como lo hace el viento sobre un molino de papel. Como si el viento soplara para hacer girar ese artilugio. Y lo auténticamente cierto es que el viento sólo pasaba por ahí y se tropezó con nosotros, como lo hace una canción.
Esta composición tiene uno de esos extraños aires a la vez épicos e intimistas, como si las cuerdas tras la orquestación principal fueran el viento que mueve las sábanas tendidas mientras las mujeres pelan patatas en la cocina y sueñan con ver esa clase de mundo que leyeron en las novelas de Emilio Salgari y nunca jamás verán.
Ya sé que no tiene nada que ver con la película de Bollaín, pero lo bueno que tiene la música es que siempre está dispuesta a que le inventes un lenguaje para el que nunca fue escrita y aún así amarlo como si siempre hubiera esperado a que esa historia sucediera.
De manera que me quedo aquí, escuchándola como si nunca hubiera leído uno de esos diarios una mañana de abril cuando estoy horas después sentado en la parada del autobús donde los desconocidos bajo un techo rojo que les guarece de la lluvia, y me siento en el fondo como esa mujer que pela patatas y ve a través de la ventana o de una sábana enredada de viento uno de esos países en los que nunca estaré.


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