domingo 21 de agosto de 2011

Historias de mar y viento

Jasón, 1802, Joseph Mallord William Turner



Siempre que veo el mar acabo cautivado por su línea tras el horizonte, la curvatura por la que en la edad media se perdía el agua en forma de catarata hasta nadie sabe dónde. Puede que se pensara que hacia algún limbo imaginario, cuando la ciencia no era esa clase de tirana que tanto critica la iglesia porque acaba con toda creencia incierta y puede terminar con el poder del chamán, o del hechicero, o del cura, que te promete un lugar para tu alma que, en realidad, es tan real como esa catarata al otro lado del fin del mundo.

Aquí los bañistas juegan donde las olas y el aire es fuerte a veces y levanta la arena. Otras está en calma bajo un sol cegador y la piel dorándose, como si se tatuara en ella alguna clase de viejo papiro curtido de historias. Porque quien sale de una ciudad remota para ir al mar ha de regresar con alguna historia que contar, como ya lo hizo Ulises alejándose de un hogar del que en realidad no quería formar parte, o Jasón y su ansia por encontrar el vellocino de oro –también dorado como la piel del bañista ocasional-, o Plutarco de Samos cuya leyenda habla de haber sido capaz de saquear más de mil puertos y aglutinar en sus dominios más de cien embarcaciones que cruzaran este mar donde empieza todo lo real y lo imaginario.

Todas esas historias doradas por el sol son las que tendrías que contar a tu regreso. Pero tumbado a la lumbre de la arena de espaldas al cielo, no se pueden contar historias porque nada sucede. Y lo mismo como cuando te quedas sentado sobre una roca a la sombra y miras el paisaje azul que se extiende en tonos divisorios. Así es que la piel es quien habla de batallas, de barcos hundidos, sangre en las espadas, un hombre besando a su capitán en el camarote después de una guerra que duró unas pocas horas y celebran que ninguno de ellos fue una víctima.


2 comentarios:

Maribel dijo...

Quien sale de una ciudad remota para ir al mar, solo tiene que disfrutar de sus sesiones de talasoterapia en paz y volver con la dosis suficiente de vitamina D para no volverse raquítico. :P

En cuanto a las historias por contar, como en las pelis: no tienen nada que ver con el lugar de rodaje, sino con la imaginación y los sentimientos y de eso vas sobrado.

Gracias por el vídeo (aunque lo de "Gil ParrEndo" chirría que te cangas), porque ayer pusieron un bodrio en la tele que tenía el mismo título y nada tenía que ver con el auténtico Simbad. La alternativa era otro bodrio aún peor: "Buscando a Susan (tidad) desesperadamente" en la que Madonna había mutado en un ser bastante repelente. :P

Me ha encantado el post. Disfruta del mar y cuidado con los marrajos :P

Besos :)

Martín Garrido dijo...

Yo siempre suelo decir que el mar es lo último que nos queda a los hombres...