El teatro y el mal

Autorretrato con su esposa (1902), Lovis Corinth
Paco Sánchez es probablemente uno de los hombres más anodinos que he conocido. Sin educación sólida, siempre anduvo de un lado a otro del barrio, sentado en las aceras con una brick de vino del que bebía directamente por no buscar un vaso. Nunca fumó una marca de tabaco especialmente buena, sólo la que todo el mundo por si le acompañaba la suerte. Las primeras novias que tuvo eran mujeres que estaban tan vacías como él, y sin embargo nunca conoció el amor, sólo la apariencia. Porque cuando iban al río y ella se quitaba el sujetador para que él tocara sus pechos, sentía la culpa que la religión impone sobre el deseo. Aunque a los amigos les decía que la noche anterior fue el polvo más salvaje que hombre alguno haya conocido, y que esa fea mujer sin carácter era la más lasciva y complaciente de las amantes.
Supongo que de ahí le nació su vocación por el teatro y tampoco es difícil comprender que también de su anodina vida y de las vacías mujeres que conoció, nació su fascinación por el mal. Porque Paco Sánchez con su nombre común conoció el teatro acompañando un día a un amigo a un ensayo de Otelo. El actor que debía interpretarlo enfermó y dado que había sido espectador durante muchos ensayos ya era la única opción. Así ganó su primera ovación: un hombre que no era nadie, un papel en blanco, tenía la capacidad de interpretar a personajes retorcidos, malos, conspiradores, llenos de poder y sedientos de él, y como consecuencia atractivos hacia el deseo.
Paco no follaba con mujeres, su personaje sí lo hacía, de manera que usaba su pene para penetrarlas. Porque Paco era un pésimo amante, tanto tiempo sin tocar a una mujer que lo deseara que se ponía nervioso y sólo se sentía libre con putas. Sin embargo Calígula, Mefistófeles, o el coronel Kurtz, lo hacían todo posible.
Le imagino con Raquel en el río: ella bajándose el sostén y él tocando sus pechos, la noche cayendo y el rumor del agua bañando las rocas de la orilla y su erección bombeando en la cremallera de su pantalón. Cuando Paco quiere besarla ella le rechaza: Sólo los pechos – le dice-. Entonces quiere tocarlos con la punta de su lengua y Raquel le rechaza de nuevo: Eso es asqueroso, me vas a llenar de babas –le dice-. Así que la noche cae aún más oscura y quedan ahí sentados al borde del río, sin decirse una sola palabra y sobre ellos estrellas que les miran y se ríen. Entonces la rabia y los aplausos cuando acaba la representación de Calígula, su personaje predilecto. El mal encendiéndose, la libertad de manipular, asesinar, crear un caos. Eso le atrae como el Orfidal a Raquel cuando ha quedado embarazada de otro y después de tenerlo no sabe cómo cuidarlo y sale por las noches y es su madre quién se queda con el niño.
Hace tiempo que Paco no sabe de ella. Ha olvidado su cara, cómo caminaba delante de él cuando la tarde se marchaba camino del río.
Cuando acaba la obra sólo le imagino agarrado a la ginebra en su camerino, en realidad su auténtica amante. Porque un hombre anodino como él que vive de la fantasía del mal, comprende de alguna forma que al bajarse del escenario no hay nada, y entendí que la tristeza en él o en todos nosotros es igual que el alcohol: no te gusta las primeras veces que lo pruebas y después no eres capaz de bajarte de ese escenario.


3 comentarios:
Soy un Paco Sánchez. El asombro en la empatía que recién acabando de leer, reconozco, todavía da vueltas mi cabeza.
Me gustaría leer alguna de tus novelas, tus textos me envuelven.
Saludos,
SF.
me gusta la pintura de foto, el texto lo relaciono con medio éxito.
saludos
me gusta la pintura de foto, el texto lo relaciono con medio éxito.
saludos
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