lunes 16 de noviembre de 2009

21

Nos lo jugamos todo en una noche
Y perdimos hasta la camisa.
Así es el póker.
Bebimos demasiado de nosotros mismos
Y estábamos tan borrachos
Que tuvimos vértigo
Cuando pasamos por el puente que cruza la autopista que lleva a Madrid.
Y el viento agitó tu pelo
Como bandadas de pájaros rojos,
Y me sentí un don nadie.
Salimos en manga corta y hacía tanto frío
Que los huesos nos temblaban.
Tú buscabas la felicidad
Y yo algo auténtico
Aunque doliera.
No sé en qué momento te pusiste un abrigo
Y te escondiste en una de esas esquinas
Donde sólo podía besar los bordes,
Sabor a ladrillo
Y a todos los carteles publicitarios que se colgaron durante años.
Nos jugamos demasiado poco,
Puede que algo de orgullo
O una habitación en un hotel donde no se escribirían grandes canciones.
Aún te estoy besando en la entrada de tu habitación,
Aún lo estoy olvidando todo.
Así es el póker,
Tú buscando algo en el cielo
Y yo cerrando todos los bares que hay de aquí al infierno
En una carretera que no tiene límites de velocidad.
Ese es el reino de todos los don nadie.
Ponme un whisky con hielo, le decía a la camarera
Que me miraba como si fuera uno de esos tipos
Que a la cuarta copa suplican y balbucean
Una noche,
Una sola noche,
En su solitaria cama vacía.
Todas las noches me largaba de aquel lugar
Sin decir una sola palabra,
Pagando mis deudas,
Pensando en todo lo que había perdido
En una sola mano.
La banca nunca fía a los perdedores,
Ella buscaba el cielo
Y tú estabas ahogándote en el mar
Mientras te ríes
Besando el ladrillo de una esquina
Mientras te ríes
Porque a nadie le importan los perdedores,
Y a nadie le importas
Don nadie.
Bésame antes de que se acabe la noche,
A todos nos asusta la oscuridad,
Los fantasmas están ahí
Danzando:
Un padre muerto
O un hermano cuyo único vínculo que tiene contigo es la sangre y la envidia.
Bésame antes de que amanezca
Porque a plena luz del día
Verás mi aspecto y me haré fuerte
Y tú creerás que siempre ha sido así,
Y yo me lo jugaré todo a que lo creas
Mientras espero perder la partida.
Es viernes noche
Y no juegas.
Buscas la felicidad y piensas que vas perder.
No hay nada entre tú y yo,
Me dices mientras me ofreces uno de esos cigarrillos.
Le doy una calada
Y siento el cálido sabor arañando mi garganta después de tantos años.
No me gusta la gente que fuma, dices.
Y me río,
Y te ríes
Después de haberme ofrecido ese cigarrillo.
Te estoy mirando
Y sé sabes que estoy fumando.
Luces rojas y luces blancas que vienen por el otro carril
Y el viento que atraviesa el puente sobre la autopista mueve tu pelo
Cuando amanece ya herido un invierno en Madrid.


domingo 15 de noviembre de 2009

27

Nos sentamos a regar las flores
Una de esas mañanas tan frías de invierno
Que algo que solamente tú y yo podemos recordar
Se convierte en el agua de una botella derramada sobre un tiesto pintado de azul.
Podría decirte que una vez te olvidé
Pero mentiría.
Podría decirte que no te he desnudado
Tantas veces
Que te habría besado como si fueras virgen todas y cada una de ellas
Y volvería a mentir.
Nos sentamos a oler la tierra mojada
Una de esas mañanas heladas de domingo,
El verde gritando desde la piel que es de tierra
Hasta tu perfume
Que se extiende como la hierba en las montañas que rodean la ciudad.
No te digo que me beses
Porque te beso
Cuando abrimos la puerta de casa y te arrincono en el pasillo.
Lo hago cuando estamos sentados en el cine viendo una de esas películas que tanto me gustan,
Lo hago cuando paseamos y tú me hablas de cosas importantes
Y yo en lo único en lo que pienso es en tu boca,
Que me sabe a tierra,
A un lugar en el que estar,
A dos que se sientan a regar las flores
Una de esas mañanas en las que las nubes se enredan como lenguas.
Afuera hace frío
Y mentiría si dijera que te olvido.
Tú eres el lugar en el que estuve,
Y fui fuerte entonces
Como lo son las tormentas.
Huelo las flores que riego en invierno,
Y mentiría si dijera
Que no te quito la ropa y que no hurgo dentro de ti
Como lo hacen las gotas de lluvia en los charcos.
Mentiría si dijera
Que no me muero por hacerte gemir
Como lo hace mi boca
Esta noche de invierno que hace gritar la hierba de los parques
Como un cantautor maldito
Que yace muerto de soledad sobre esta tierra mojada.


sábado 14 de noviembre de 2009

2

Sé de dónde vinimos,
Todos acabamos sabiendo de dónde nacemos
Aunque creciéramos envueltos en regalos
Y mentiras
Porque se supone que los niños no deben saber nunca la verdad.
Sé que cuando paso por el centro de la ciudad
Largas colas llegan hasta la esquina
Y se doblan como papel de fumar como si se perdieran los contenedores de basura en un mar.
Los bares a medianoche están llenos de gente como tú,
Y sé que quisieras meterte una bala en la sien
Si tuvieras algo de pasta para sacarte el permiso
Y demostrar que algo en ti
En realidad no está roto.
Vives con una mujer que escupe su veneno cada vez que abres la puerta
Del portal.
Así es como desahogan sus frustraciones
Quienes nos aman,
Así es como oyes a tus hijos llorar
Cuando descubren que les has comprado la tierra prometida cada seis de enero
A cambio de una paliza cuando se largan a vivir lo que tú has vivido.
Ahí estás, sentado en ese taburete,
Y yo en el mío.
Me invitas a algo una de esas noches
En las que prefieres hablar de tu vida a subir a casa.
Los niños gritan demasiado, dices,
Nunca sabes cómo educarlos,
Nunca sabes cómo estar seguro de nada
Cuando esperas en una de esas colas que doblan la esquina
Y que te hacen sentir vergüenza de ti mismo.
Nos sentamos en las aceras mientras el sol de verano
Nos agrieta los nudillos,
Y escuchamos que todo es pasajero,
Y sabemos que nada es pasajero
Porque todos los que estamos sentados en el bordillo de la acera
Pisaríamos nuestras cabezas
Si el gran premio fuese verdaderamente grande.
Pero nos dan migajas,
Y eso nos convierte en gente civilizada.
Migajas,
Eso nos hace gentes de ciudad,
Eso hace que nos sentemos aquí,
A medianoche,
Pensando qué diablos somos o dónde diablos estamos,
Qué lugar es nuestro lugar
Cuando el alcohol nos libera y ya es demasiado tarde
Para huir
De nosotros mismos.
Nos habían prometido una cama y un techo,
Tenemos una cama y un techo,
Y el precio es demasiado alto
Pero no tanto como para dejar que alguien nos regale
Cosas por navidad.
No tanto como para echarle la culpa al alcohol
Y dejar de buscar fantasmas que vagan por las autopistas en la oscuridad.

lunes 9 de noviembre de 2009

16




Hay días en los que me siento en la última fila,
Al final de las mesas marrones de un bar que huele a corteza y tabaco prendido.
Veo como alguien pasa los canales
Sin buscar nada concreto salvo las noticias,
Y a nadie nos importa
Si se quema una tienda en las afueras de Singapur
O si salió elegido un presidente tras una dictadura.
Todo queda demasiado lejos
Y nos hemos acostumbrado a comer con sangre a mediodía.
Echo un trago a primera hora de la mañana
Y eso me calma
Mientras veo los canales, uno detrás de otro.
Hubo un tiempo en que tuvimos un padre
Que cuidaba de nosotros.
Puede que no fuera la clase de padre que se supone debía ser,
Se sentaba en la misma silla en la que yo me siento ahora,
Echaba sus partidas
Y bebía para no tener que soportar a una mujer insatisfecha que quería cambiarlo.
Soportaba sus insultos y con cada insulto
Bebía un trago más,
Y yo le odiaba por hacerlo
Porque pensaba que insultar era decir algo cierto acerca de alguien.
Supongo que ahora me odio a mí mismo por ocupar el último asiento de este bar
Mientras bebo como él lo hacía y veo las noticias
Que a nadie le importan
Pensando en que esa misma mujer ya ni siquiera pelea por cambiar algo de mí.
Puede que hubo un tiempo en el que me sentía como en casa,
Antes de que fuera vagando de motel en motel
Sabiendo de tu miedo y tu silencio
Aunque te sintieras tan atraída por mí
Que el amor entrara con tus dedos entre tus piernas.
En aquel tiempo la carretera no era un lugar tan solitario,
Me sentaba a su lado y escuchábamos esas emisoras de radio
Que tanto le gustaban.
Le habría gustado cantar,
Y le habría gustado romperse con todo lo que he escrito
Aunque fuera de esa clase de hombre
Que nunca decía nada acerca de sí mismo.
Y lo cierto es que no sé qué hacemos
Para tener tanto miedo a nada.
Una madre y una esposa tenía tanto miedo a todo
Que cuando nos soltamos
Quedamos en ridículo
Como si te desnudaran en un centro comercial
Y lo único que quisieras hacer fuera correr para esconderte de todo el que se ríe de ti.
Doy un paso
Y algo me abofetea.
Doy un paso
Y pierdo un buen empleo
Que en realidad no es tan buen empleo,
Y encuentro otro en una fábrica no lejos de donde vivo,
A mitad de camino del cementerio
Donde te visito en ocasiones.
Ante tu tumba
Te hablo de todas las cosas que he perdido desde que no estás.
Nunca estamos a la altura, ¿verdad?,
Nos pusieron el listón demasiado alto
Y ahora nada es suficiente.
Nos solía decir que no valíamos nada,
¿Lo recuerdas?,
Lo dijo tantas veces que acabé creyéndolo
Aunque no fuera cierto.
Una vez se largó de mi propia casa
Y no habría hecho lo mismo en la casa de mis hermanos
Porque sabía que yo volvería a ella.
Sí, sabía que volvería.
Es increíble el poder que puede llegar a tener alguien que no sabe
Que Cervantes inventó la idea de la novela moderna,
O alguien que no es capaz de ver belleza
En como me miras
Aunque no seas una de esas mujeres que hacen que los hombres se giren cuando pasas delante de ellos.
Y aquí estoy
En el último asiento de un bar de mala muerte que huele a corteza y a tabaco prendido
Bebiendo
Como si en mi lengua que arde habitara un mar
Y en él
Volviera a sentirme como me hacías sentir:
Siempre en casa.

sábado 7 de noviembre de 2009

7

Conozco a un viejo roquero que hace bolos en el Delfín. Me siento en un viejo taburete que me dará dolor de espalda un cuarto de hora después y pido un whisky en la barra mientras la puerta se abre y el aire de invierno agita el local y tu vestido tan azul. Todos se giran para mirarte, y yo me digo que me he dejado caer dos o tres veces por aquí sólo para encontrarte y preguntarme por qué te sientes tan sola en la barra de este bar. Eres de esa clase de mujer que ahuyenta a los hombres con su mirada. Bebes a solas y a veces te largas en mitad de un concierto esperando a que alguien te siga, y nadie lo hace porque ahuyentas a los hombres con tu mirada.

Me encantaría decirte que si yo puedo hacerlo, tú tienes que poder. Cuando eres joven tienes miedo a vivir porque te duele no andar sobre terreno seguro, y sin embargo, crees que nunca morirás y que siempre habrá tiempo. Cuando eres viejo le tienes tanto miedo a morir que en lo único en lo que piensas es en vivir, y no vivir te impacienta, y puede que nos estemos haciendo viejos mientras nos emborrachamos solos escuchando canciones que hablan de perdedores. Permite que te diga que me muero por entrar en tu coche y por que me lleves donde la única luz que se vea en kilómetros sea la luz de los faros como dos centinelas en la línea discontinua de la carretera. Me muero porque me lleves donde tu vestido tan azul caiga y se oiga la lluvia sobre el capó. Muero porque me beses, y me toques, con tus fantasmas y tus miedos. Quiero besar tu pasado como si lamiera la eternidad en la punta de mi lengua. No soy distinto de ti. Yo también ahuyento con mi mirada, y también sé ser cruel para protegerme de quienes tienen más miedo que yo. Nos hacemos viejos y el asiento trasero de tu coche es el mejor sitio en el que me puedo sentir ahora. Te estoy besando y tú sientes tantas ganas de llorar que tu boca es un océano entrando en la mía. Nos estamos devorando con el ansia de mil días sin comer. Nos abrazamos y oímos de nuevo la lluvia, su chasquido golpeando las lunas y mis dedos que entran en ti. Tu boca se abandona en mi hombro y escribo dentro de ti todas las cosas que no te he dicho todavía. Si te corres demasiado pronto, te digo, volveremos a empezar. Si te corres demasiado pronto, te repito, volveré dentro de ti, hasta que el invierno se acabe y la lluvia se seque.

Lo único que necesitamos es una oportunidad para equivocarnos en vez de salir corriendo antes de que suceda nada. Tu boca está descansando sobre mi hombro. Descansa en mí. Yo tengo fuerza, y dejaremos de beber. Conozco a un viejo roquero al que solíamos escuchar mientras todos se deslumbran con tu vestido azul y con el poema con el que se estremecieron todas las mujeres del mundo menos una. Aquí nadie nos ve. Aquí las ruedas se entierran bajo esta tierra en barbecho mientras nos besamos y nos dormimos, y tú dices mi verdadero nombre y yo digo tu verdadero nombre, y sabemos que moriremos porque hemos perdido las suficientes cosas como para saber lo que eso significa. Así que oímos la lluvia y esa emisora local que pone canciones de un viejo roquero del Delfín, y nos sentimos como en casa, en tu coche, arropados con un par de mantas que tenías en el maletero, a cientos o miles de kilómetros de la ciudad.

martes 3 de noviembre de 2009

20




Cuando me beses
Recuerda que la mitad de mí
Ya no será mía.
Cuando me siente a verte dormir
Porque algo en mí
No sea ya mío,
No te extrañe ver como las luces de la ciudad
Se ahoguen en la fuerza de tu pecho que respira
O sueña
Y no se despide cuando la luz nos deslumbra.
Iremos al supermercado
A comprar algo para beber,
Y cena,
Aunque no cenemos porque los estómagos se enrosquen
Como la cera derretida sobre todo lo que se desnuda.
Cuando me beses
No será sólo mi lengua:
Todos los extremos de mí te estarán besando.
Beberemos para cantarle a los miedos
Como viejos gastados
Alrededor de una fogata.
Supongo que perdimos algo cuando nacimos
Y no hay nada como las canciones
Para reconciliarnos
Con la otra mitad que ya no es mía.
Te desnudaré y tú me desnudarás,
Me besarás y te besaré
Tan largamente que nos haremos de lluvia.
Mi ropa que volará como si hubiera vivido una condena
Olerá a ti,
Y la otra mitad de mí
Cuando me beses tan largamente
Ya no será nunca más mía.

lunes 2 de noviembre de 2009

29




Vimos el fuego y nos perdimos. La ciudad deslumbra, decías. La ciudad adormece, decías, y quiero estar despierta esta noche para ti.

Vimos el fuego y nos subimos a tu coche. Nos llevaste a la oscuridad lejos del ruido, del sonido de la piedra de un mechero dándote fuego, y del olor de las alcantarillas. Detuviste el coche y saliste de él a gritarle a los árboles sordos. ¡¿Hacéis música, malditos bastardos?!, gritabas. ¡¿Sois capaces de hacer música con vuestras ramas llenas de verdes abanicos?!, volvías a gritarle a los árboles. Entonces reías, y decías que éramos como Sailor y Lula. Sailor y Lula, tú estás loco por mí y quieres cantarme esa canción mientras te llevo camino de Oz. Veo el fuego en tus ojos, lo veo entre tus piernas. Me excita tanto no tocarte que eso me vuelve aún más loca, y si el amor nace del deseo, te juro por Jesucristo muerto que te devoraré y haré de tu cuerpo todos los mares abiertos de la Biblia.

Vi el fuego enredarse a tu boca, a tu aliento tan cerca del mío que huelo toda tu vida concentrada en él. Nos besamos como en una guerra. Nos desnudamos como en un incendio. Tus pezones están tan calientes que se tatúan en mi carne. Y te beso y me besas, como arrancándonos, como si siempre hubiéramos estado solos y por vez primera reconociéramos al otro en la boca ajena. Sentimos el ansia. Mis manos entran en ti como la luz del faro del coche que te descubre aún más desnuda que el aire, o que una borrachera un domingo de octubre.

Somos como Sailor y Lula, me dices mientras hurgo dentro de ti, buscando comerte aún más la boca mientras tu vientre se estremece, como Sailor y Lula. Alguien como tú, alguien como tú, gimes mientras la ciudad se pierde y apaga sus luces, y amanece, y después de horas dices en sueños camino de Oz: vimos el fuego y nos perdimos, me perdí en alguien como tú, me estremece que me toques. Larguémonos de aquí, dicen que al otro lado del mundo es de noche, algo arde allí, es luna llena de noviembre, y me estás mirando mientras conduzco camino de la oscuridad.

sábado 31 de octubre de 2009

19




Te echaré de menos
Viejo amor.
Echaré de menos los largos paseos,
Las noches de cine,
O los domingos en los que fumabas esperando que el día no se acabara.
Echaré de menos
Viejo amor
Los viejos días de lluvia:
Tus brazos rodeándome por detrás,
La ventana mojándose,
Todos esos besos que se daban en la madrugada de un invierno
O las lenguas que se hurgaban
No como escurriéndose
O enredándose,
Sino como si se abrazaran.
Te echaré de menos
Ahora que me marcho,
Aunque hace tiempo ya que tú y yo nos hemos ido.
No volveré a verte
Aunque eso me pese.
Es extraño saber que desde que no estoy
He pasado de ser un viejo desconocido
A alguien a quien aprendes a conocer
Aún cuando tú te has convertido en una desconocida.
Echaré de menos
Bañarme contigo,
Verte masticar chicle,
Y todas esas cosas que se dicen los amantes:
Nunca te dejaré,
El autobús no me llevará más lejos de lo que nos separen los mares,
Porque se secarán antes
De que yo
Viejo amor
Pueda olvidar que te quise.

lunes 26 de octubre de 2009

12




Cuando nos vimos todo era demasiado joven y prematuro. Corrimos a perseguirnos por las esquinas, al escondite tras inabarcables aceras, y se levantaba la arena de las eras cuando algún camión casual pasaba cerca de nosotros.

- Mira –decías-, me has llenado de polvo-. Reíamos y te besaba para limpiarte, y me besabas porque era lo que los dos queríamos.

- Hay un hombre que habla de dios -dijiste una tarde tan roja como esta, pasados unos años. No entendí que ya te estabas marchando y que ya no nos bañaríamos desnudos en el río convertido en pila bautismal. Me dejaste por alguien aún más invisible que el viento. No dejo de pensar en lo jóvenes que éramos. No sé en qué parte dejamos de hablar el mismo idioma, puede que en el supermercado, o en un cine, o el día que te asqueó la masturbación de Otto en “Los amantes del círculo polar” y quisiste convertirte en alguien perdido que vive con un desconocido.

Cuando éramos jóvenes, maté a dios con mis manos desnudas para besarte sin sentir culpa o remordimientos de crímenes que no existían. Un día hiciste la maleta y te largaste, dejándome a solas con una botella y silencio. Ese día maté la metafísica con mis propias manos desnudas, como lo hice por aquel entonces con dios. Sólo hay un par de cosas, dije, hambre y miedo, todo lo demás es engañar a un estómago siempre vacío y una inteligencia temerosa de sí misma.

Aunque a veces, una de esas noches en las que no he bebido demasiado y siento esa extraña lucidez de los días de otoño, beso durante toda la noche el polvo de tu boca.

domingo 25 de octubre de 2009

3




Cuando fui al médico
Me dijo que mi corazón no lo resistiría.
Me dijo que dejara de una vez por todas el alcohol
Y que me relajara,
En especial el que bebía los domingos por la mañana.

Le respondí
Que se podía meter por donde le cupiera su examen.

Le dije:
Ey doctor
Un hombre sin pasta en el bolsillo
Es como un pájaro muerto en el bordillo de la acera,
Y un hombre sin pasta necesita olvidar que no tiene pasta
En su bolsillo tan vacío
Como tu jodido cerebro lleno de recetas y matemáticas.

Como quieras hijo, me dijo el médico condescendiente,
No seré responsable de tu funeral
Ni iré a poner flores sobre tus cenizas allí en tu tumba.

A lo que respondí:
Una vez pensé como usted,
Una vez tuve demasiado miedo como para querer cambiar algo.
Una vez
Solamente una vez
Me sentí como usted.
Sin embargo
He perdido una o dos cosas,
Puede que más,
O puede que haya perdido la cuenta.
Mientras que usted se aferra a su mujer e hijos
Porque tiene pasta para ir a los burdeles,
Yo me muero en una habitación o en una casa,
Qué más da,
Sus putas besadas en la oscuridad, doctor,
Eso le hace más llevadera su vida
Aún más gris que la ceniza de su última amante en esa habitación de hotel.
No habría bebido una sola gota
De estar tan cuerdo como lo estoy ahora.
Usted mejor que nadie debería saber que la cordura es dolor
Y un montón de papeles rotos de los que nadie quiere dar cuenta.
Déjeme morir en paz,
Nada dura
Y mi cama está vacía porque un hombre sin pasta
Es un pájaro muerto con el pico mirando el aire que hay en el quicio de la ventana cerrada.
Así que no me venga con sermones.
De Damasco a Canaán
Ningún hombre quiere que le den de esa clase de pastillas
Que le dejan con la cabeza amordazada a la idiotez,
Aunque al final las tomen.
Por lo que a mí respecta
Se puede ir usted al infierno,
Usted y sus malditas matemáticas.
Y también sus recetas.
Prefiero morir en una taberna
Contándole mis desgracias a un puñado de desconocidos
Que en la blanca habitación
De una bata de hospital.
Así es que me siento este mediodía de domingo a beber
En el bar donde veo llover
Por todo ese montón de pájaros muertos
Que sobrevuelan las azoteas
Alegres
E ignorantes.

miércoles 21 de octubre de 2009

1

Cuentos de azar e invierno






No sé como cerrar esto
Que nunca ha empezado.
Nada es como en los libros
Ni lo es como en las letras de las canciones.
Afuera está lloviendo como si el mismísimo Noé
Fuera a venir con su arca
Y fuera a dejarte tirado como un metro que no se detiene en tu parada.
Los charcos son un mar mientras un océano colgante se derrumba.
Lo cierto es que no tengo demasiado claro
Como cerrar esto
Que nunca ha empezado.
Digamos que pienso en ti
Y que tú me recuerdas
Aunque eso no nos lleve a ninguna parte.
Nada se cierra nunca del todo.
Somos el sueño de un niño roto que busca un padre que murió en la oscuridad,
Somos los amantes que se quedaron sólo en su definición,
O el pasillo que nunca recorrimos.
No sé como echar a correr
Del único lugar que me retiene,
Ese que tanto huele a tormenta y a viento que golpea vapor de nube.
No quiero perderte a ti
Pero no puedo enseñarte lo que ya he aprendido.
Así que reconócelo:
El otoño te abofetea
Y a mí me maldice.
Mi balcón está al oeste de tu casa
Y pienso en ti
Mientras no veo tu espalda arquearse
Ni tu boca caer.
Sencillamente caer.
No sé
Sólo deberías saber
Que algunos fuimos viejos hombres que perdieron algo en alguna parte
Incluso algunos recuerdos
No sé si buenos
No sé si de azar
Ni siquiera sé si de invierno.

lunes 19 de octubre de 2009

4

A José, un buen amigo, que habló de su mar, casi tan real como el mío… :P








Supongo que todo vuelve donde estaba
Supongo que el invierno vuelve
Y los abrigos nos los quitamos cuando el olor a humo nos golpea
Y los extraños esquivamos las miradas en el bar

Antes las cosas eran distintas
Una silla junto a la puerta de las casas
Una partida a mediodía
Puede que besaras a mi mujer en la penumbra mientras yo bebía con los demás

Bueno
Todo quedaba en casa

Supongo que a veces quiero irme de aquí
Y dormir en la parte trasera de una furgoneta
No sé
Antes mi mujer solía disfrutar contigo
Y no se escondía en el supermercado de la mirada de los extraños
Solía comprarle al mismo pescadero
Y no solía salir huyendo en la sección de envasados
Para no tener que pedirle ni preguntarle nada a nadie

Otros tiempos
Ahora son malos
Malos tiempos
Otros tiempos
En los que no era difícil tolerarnos
Tú me recogías en la escalera de la puerta de tu casa
Y me dejabas vomitar sobre la arena que había a tus pies
Y no sucedía nada
Yo me reía y tú maldecías el mal olor que dejaba en medio de una noche envuelta en campanas de iglesia
Y el beso que nunca te daba
Quedaba ahí
En tu boca y en la mía
Y en las luces distantes de una ciudad que no nos miraba como yo te miraba a ti

Supongo que hemos cambiado
Otros tiempos
Malos tiempos
Entonces veníamos con noticias de lugares remotos
Y la ciudad
La gran ciudad
Con sus rutilantes edificios y sus inmensas e impresionistas tiendas
El olor del metro
O el gesto muerto de un mimo en el centro
Eran como una mujer que siempre se desnuda


Ahora les aterra cruzar el barrio
Ir allá lejos
Donde los labios extraños te esperan
Para apretarse a los tuyos como si fuera la primera vez que besaran

Lavábamos la ropa en los mismos lavabos
Y entendíamos
Nuestra humanidad

Sin ti no soy gran cosa
Solías decir
Sin ti lo único que querría hacer sería dormir como quien se abandona y se deja morir
A pesar del mal aliento con que vienes algunas noches
O del olor a orín del baño al anochecer
Porque tú eres real
Y corren malos tiempos
Muy malos tiempos
Y quiero estar donde tú estés
Con tu silla anclada en tu puerta uno de esos días de frío y lluvia
Esperando a que llegue la noche
Para hablar de cosas sin sentido
Ya sabes
De ti
De mí
De un día de duro y aburrido trabajo o de las noticias
De los malos tiempos
De estos malos tiempos
Que se esfuman cuando enciendes uno de esos cigarrillos que huelen tanto a cine
Y a mi boca
Que huele a sal
Y a mar de Madrid.

domingo 18 de octubre de 2009

26

Tengo resaca. Sólo es dieciocho, digo. No sé cómo me arrastré hasta la cama, pero he despertado en ella, con las sábanas revueltas entre mis piernas y la almohada aún más arrugada que un poema inútil. Sólo es dieciocho, repito mientras me levanto y me arrasco la barba sin afeitar y pienso en abrir una cerveza para que la cabeza no me estalle. La una de la tarde. Es dieciocho. Al otro lado de mi cama he hecho la cama en la que no has dormido. No he olido nada tuyo, sólo sábanas azules limpias y unas mantas aún más frías que ayer noche.

En la taza del retrete me siento a leer poemas de fracasados, y si al menos sólo fueran poemas pensaría que la cosa va bien. Pero no va bien la cosa. Tiro de la cadena y me subo los calzoncillos. Mi mano que toca el vacío huele a las páginas de un libro tan herido como un vaso roto en el fregadero. No te estoy besando y no me estás besando. Tú no besas a los perdedores, sólo eres de las que los leen cuando llevan cien años muertos. Allí afuera el frío golpea silencioso y sereno. La lavadora se contiene y la cama está aún más vacía que el último vaso que me bebí anoche. Un trago a la cerveza aún helada. Friego los platos y cocino algo sin ganas. Cien años después me estás besando, la sombra de un cadáver, un día dieciocho de resaca. No me desnudas y no te desnudo. Los fracasos sólo interesan cuando los escribes y pasa un día, y otro, y otro más, y te hablo como si estuviera ahí contigo, entendiendo lo que te ha ido sucediendo mucho tiempo antes de que entendieras nada de lo que me sucedía a mí. No te estoy penetrando, ni mis dedos entran dentro de ti hurgando en tus entrañas o en tu boca que se arquea como una espalda. No te oigo gemir. La cama no está esperando más que al polvo de la ventana abierta y el de la ropa que se seca. No digo tu nombre cuando me corro ni tú dices el mío. Sólo es dieciocho, me digo. Sólo es dieciocho, me repito llenando la copa hasta el borde en la ciudad que nunca tuvo mar.



jueves 15 de octubre de 2009

17




La caravana sigue su rumbo. Comemos polvo y arena. Vamos hacia el norte, donde el frío nos llama con la voz solícita de una amante nocturna. Caminamos por el día, bajo un sol aún más abrumador que las deudas. Al atardecer nos detenemos, bebemos agua de los estanques y de los oasis. El calor del sol hace cabriolas en el aire y ondula la carretera infinita. Alguien habla de la tumba de Jim Quackenbush, muerto de cólera. Dicen que una noche de lluvia un cocinero la encontró y se corrieron una buena juerga. Antes de detenernos, alguien grita un brindis por esa tumba.

Bajo el capó de un coche herido el enano besa a la trapecista. Al otro lado la adivinadora de cartas se siente segura con el gigante, que la abraza con la férrea voluntad de quien controla su propia fuerza para no herirla. El ciego besa la espalda del jorobado, y este, que se estremece, sabe que nunca nadie le hizo sentir tan hermoso. Gimen las estrellas que tiemblan como las manos de un payaso de guante blanco que proyecta su sombra torcida sobre la pared, cuya ironía le hizo enamorarse de solamente una de las siamesas encontrando que siempre le espiaban. Se hunden en la noche, buscando el pueblo preciso, la ciudad durmiente a quien poder despertar de su letargo durante unas horas. Me acerco a ti y bajo la carpa improvisada te arrincono y te leo los labios con mi mano. No sé qué quieres decirme, porque todo lo que escribo lo borras con tu saliva de estanque o de lago. Cierras los ojos y no dejo de mirarte. Me abrazas y me dices que la carretera es el mañana, y que el hombre que escupía fuego te había rechazado.

Me siento tan sola, me dices mientras la noche me desnuda, que te dejo ahí, con la ropa puesta y una danza, un par de vestidos hechos jirones de tanto usarlos, algunos trucos de magia, una carretera que nunca llega al mañana, y mi vieja camisa oliendo a ti.