lunes, 23 de junio de 2014

Cartas


Los recién llegados no lo saben, pero aquí se mantiene una costumbre desde que se recuerda y se remonta la memoria: cuando una pareja se separa, el más frágil de los dos escribe una carta expresando a todos sus conocidos el final de la relación, agradeciendo a amigos y familiares, y a gente casual que pasó por allí a escuchar desahogos y lamentos, rencores y condenas, abatimientos y la extrañeza de esa habitación antes compartida y ahora llena de una ausencia. El original de la carta se escribe a mano, pero luego se imprimen tantas copias como destinatarios usando los más diversos métodos: xilografía, aguafuerte, barniz blando, litografía, inyección de tinta, láser, offset, serigrafía, tampografía. Cualquiera es válido y útil. Todos han servido.

Se dice que la primera carta que se conserva proviene de viejas técnicas chinas importadas antes del primer viaje de Marco Polo quién, a su regreso, se encontró su casa vacía y su mujer huída con sus hijos hacia nunca supo dónde. Así escribió una carta doliente donde narraba que volvía a marcharse porque uno regresa al lugar que dejó antes de partir y no a una casa vacía.

 Podría decirse que las cartas en realidad son esquelas que anuncian un amor muerto, sin embargo, no son nada de eso. Marcan un fin, es cierto, pero también la entrada a una ciudad nueva. Las esquelas nunca son escritas por el fallecido, sino por quienes se quedan, y así, quienes aún están vivos y son capaces de ese dolor tan intenso como un mar que un día se levanta para hacer un muro que atraviese el cielo y seque el resto del mundo, dan fe de su propia muerte, de otra vida, de otros paisajes, cuellos, bocas, amaneceres, periódicos rotos, tazas cuyos escombros van a la bolsa de basura, reconciliaciones, escapadas con los ojos cerrados cuando la música entra y esa breve luz. De modo que al igual que Marco Polo, abandonen la casa que ya es de otro, o la transformen para hacerla suya. Escribes otras cartas que también imprimes porque has vuelto ahí aún sin saberlo: donde la seda, el olor del mercado, sus ojos claros tan verdes como un bosque bajo un océano, las túnicas que cubren todo lo que queremos descubrir, ese lugar en el que nunca has estado y sin embargo es tan familiar, las nuevas ciudades, los conciertos, sus manos que te describen con otra letra, el paseo por la plaza donde ahora hay una torre y una nueva bebida y tocarse con las yemas de los dedos, las cartas que no son despedidas sino saludos, un viaje de regreso en tren que en realidad es un descanso en el camino, el deseo seguir escribiendo un domingo por la noche más cartas, todas las posibles con todas las memorias aún impensables de todos los mares que se sequen hasta de nuevo la lluvia.

 

jueves, 23 de enero de 2014

Visiones de la antigüedad: Manuel de Falla y El día que cantamos los miedos a la oscuridad


Volvemos a la radio con Visiones de la antigüedad, de Miguel Ángel Maca, un espacio dedicado a la Historia, a las biografías, a la cultura general, a la música, a la poesía, a todas las cosas que inventamos, a todas las que se vivieron.
 
En este programa Miguel Ángel lo dedica a la figura de Manuel de Falla, el rostro de los billetes de cien pesetas, el compositor que desde el exilio escribió su célebre El amor brujo o El sombrero de tres picos. Amigo de Federico García Lorca, exiliado a Argentina tras la guerra civil, viajero incansable.
 
Por mi parte y sin teléfonos, a micro directo, el viaje propuesto es a través del folk norteamericano hacia los que no tienen voz. Repasamos Las uvas de la ira y su absoluta modernidad, Matar a un ruiseñor, un poema de Leonard Cohen, un montón de preguntas que se abren como las aguas a Moisés. Algo de Bruce Springsteen, de Johnny Cash, de Óscar Isaac en su sobrecogedora apertura de Inside Llewyn Davis, una o dos canciones de Bob Dylan.
 
Puedes escucharlo en directo o descargarlo:
 
 
 
 
 
 

jueves, 2 de enero de 2014

Esa casa tuya

Eres mi hogar. Lo pienso ahora cuando estoy viendo llover y tú, al otro lado de la carretera, donde las vías del ferrocarril se pierden, estás caminando bajo la lluvia. No he hecho nada especial hoy. He estado con la familia, he salido a dar un largo paseo con el paraguas abierto y las calles casi vacías. No había un alma y todo parece que estaba lleno de ti. Huele a mojado, a hierba cuyo olor celebra una llegada –puede que la tuya-. No hace un especial frío, la gente duerme las resacas, mañana muchos regresan a trabajar, y algo tuyo estará en mí cuando madrugue y la lluvia caiga sobre la calle y seas tú quien duerma y yo quién me moje. Piensa que estoy viendo a llover mientras suben los pasajeros y cada uno nos bajamos donde corresponde, que llevo una mochila cargada de cosas, que aún no ha amanecido. He cumplido mi parte y no he visto los dos últimos capítulos de la serie hasta verlos contigo. Afuera, todas las cosas que se mojan son cosas que se arrugan, sí, pero también son como elementos que imitan el mar, pequeños oleajes de tela y agua en formas que se despliegan en ondas. Pienso en ti, de ese modo, ondulando las sábanas como un charco bajo la lluvia. En ti recorriendo mi casa con los libros prendidos en la mano, todos esos pequeños poemas que salen de la prosa del mismo modo que un bañista ve un arrecife sobresaliendo del mar. Y sin embargo, ahí estás. Aquí estás. Casi es tocarte y tu ropa cayendo y todo tendido, uno sobre el otro, el otro sobre el uno. Y una vez más. Todo lo que empieza siempre lo hace con palabras, lo demás, como un secreto de familia o como un beso cuya lengua se hunde en fragancias una madrugada, sólo parece que no existe. Y lo cierto es que no imagino una carta de amor más hermosa que aquella que no se escribe nunca porque jamás siente la necesidad de ser escrita.