lunes, 8 de junio de 2015

Sándor Márai


El domingo por la mañana leía algunos capítulos de una novela de Sándor Márai: “El último encuentro”. En la breve nota que hay al principio del libro sobre el autor, se habla de exilios, primero voluntario en la década de los veinte y luego forzoso después de la Segunda Mundial, tiempo en el que acabó olvidado durante décadas en su Hungría natal mientras el comunismo gobernaba sobre un país cuyos nombres de cuidad cambian hasta borrar el lugar en el que naciste y a ti con él. El final de la nota decía que se había suicidado y este domingo por la mañana, cuando leía sobre un hombre que habita en una casa con un ama de llaves más vieja que él y cuya muerte de ambos puede significar el fin de un tiempo social, sentí curiosidad por saber más de él.
Se marchó de su país que primero fue invadido por los nazis, y después por la Rusia comunista. No se puede tener peor fortuna. Vivió en Europa un tiempo antes de marcharse a Estados Unidos. No hay mucho sobre él buscando en páginas de internet, aunque sí lo suficiente como para comprender que se suicidó con ochenta y tantos años después de haberlo perdido todo, una mujer y un hijo, y puede que su independencia física, ya que una enfermedad no específica le haría ingresar en un centro hospitalario dependiente de cuidados de otros hasta que la vejez extrema y puede que la senectud y antes la memoria le llevaran a morir.
Pienso en sus viajes forzados, en todos los años que pasó con una misma mujer, en la lealtad que se debe de sentir y la fuerza para asumir que tu vida burguesa, la que conoció en Hungría, se desvanecía con la tromba de los totalitarismos. Y que ella seguía ahí, a su lado, con todas las tempestades y todas las vidas posibles inciertas.
Sentado en mi silla, esa mañana, con un aire suave entrando por la ventana y los vecinos aún durmiendo la noche anterior que ya han olvidado, me sentí afortunado. Ella dormía en la cama, junto al cuarto de los libros donde escribo y he escrito largas noches con sus largas interrupciones y sus largas frustraciones. Me levanté y me tumbé junto a ella. La besé hasta que despertó. Le dije que me sentía afortunado, que estaba ahí, que podía ver sus ojos devolviéndome la mirada, que a veces no se necesita mucho más y que eso es todo un mundo.

miércoles, 3 de junio de 2015

Hemingway


Me gusta Hemingway porque habla de toros y no sé nada de toros. Porque habla de hombres y mujeres que viven y beben y se desnudan con la luz apagada y se aman pensando en otras personas cuando todo se ha terminado y no lo saben. Parece que siempre están de fiesta o que están desesperados por encontrar un paraíso perdido cuando lo cierto es que les aterroriza el silencio y los salones vacíos y vivir sin resaca. Me gusta porque todo lo que he leído de él son libros de segunda mano con sus páginas oliendo a tiempo y otras manos pasaron por ahí como una pareja se rompe y pasa a otra y luego a otra, hasta que se queda en un mismo sitio y una misma boca y la misma chica guapa con la que despiertas un fin de semana de otro mes. Su París con sus violines suena en los soportales de Alcalá como si ella y sus ojos tan verde claro fuesen un violín y agua de Sena. Me gusta porque están solos, y todos nosotros lo estamos y es agradable verse reflejado en el extraño espejo de los solitarios que nunca lo están, nunca, salvo cuando escriben.


 

lunes, 23 de junio de 2014

Cartas


Los recién llegados no lo saben, pero aquí se mantiene una costumbre desde que se recuerda y se remonta la memoria: cuando una pareja se separa, el más frágil de los dos escribe una carta expresando a todos sus conocidos el final de la relación, agradeciendo a amigos y familiares, y a gente casual que pasó por allí a escuchar desahogos y lamentos, rencores y condenas, abatimientos y la extrañeza de esa habitación antes compartida y ahora llena de una ausencia. El original de la carta se escribe a mano, pero luego se imprimen tantas copias como destinatarios usando los más diversos métodos: xilografía, aguafuerte, barniz blando, litografía, inyección de tinta, láser, offset, serigrafía, tampografía. Cualquiera es válido y útil. Todos han servido.

Se dice que la primera carta que se conserva proviene de viejas técnicas chinas importadas antes del primer viaje de Marco Polo quién, a su regreso, se encontró su casa vacía y su mujer huída con sus hijos hacia nunca supo dónde. Así escribió una carta doliente donde narraba que volvía a marcharse porque uno regresa al lugar que dejó antes de partir y no a una casa vacía.

 Podría decirse que las cartas en realidad son esquelas que anuncian un amor muerto, sin embargo, no son nada de eso. Marcan un fin, es cierto, pero también la entrada a una ciudad nueva. Las esquelas nunca son escritas por el fallecido, sino por quienes se quedan, y así, quienes aún están vivos y son capaces de ese dolor tan intenso como un mar que un día se levanta para hacer un muro que atraviese el cielo y seque el resto del mundo, dan fe de su propia muerte, de otra vida, de otros paisajes, cuellos, bocas, amaneceres, periódicos rotos, tazas cuyos escombros van a la bolsa de basura, reconciliaciones, escapadas con los ojos cerrados cuando la música entra y esa breve luz. De modo que al igual que Marco Polo, abandonen la casa que ya es de otro, o la transformen para hacerla suya. Escribes otras cartas que también imprimes porque has vuelto ahí aún sin saberlo: donde la seda, el olor del mercado, sus ojos claros tan verdes como un bosque bajo un océano, las túnicas que cubren todo lo que queremos descubrir, ese lugar en el que nunca has estado y sin embargo es tan familiar, las nuevas ciudades, los conciertos, sus manos que te describen con otra letra, el paseo por la plaza donde ahora hay una torre y una nueva bebida y tocarse con las yemas de los dedos, las cartas que no son despedidas sino saludos, un viaje de regreso en tren que en realidad es un descanso en el camino, el deseo seguir escribiendo un domingo por la noche más cartas, todas las posibles con todas las memorias aún impensables de todos los mares que se sequen hasta de nuevo la lluvia.