domingo, 29 de mayo de 2016

Retrato de una joven (1485). Domenico Ghirlandaio





Hace exactamente una semana, sobre las diez de la mañana, estaba en el Gulbelkian de Lisboa y miraba un pequeño retrato de una muchacha desconocida que pintó Domenico Ghirlandaio. “Retrato de una joven” data de 1485 y fue realizado en Florencia por encargo, cuyo resultado es un evidente intento de romper con los esquemas simbólicos para acercarse a un tipo de retrato mucho más real propio del Quattrocento. No se sabe quién fue la modelo que posó, puede que la hija de un comerciante de seda. Le dije entonces a ella que me recordaba a Rosamund Pike. ¿La conoces?, pregunté. Sí, respondió: la vimos en Orgullo y prejuicio en casa con mi hermana.
Pensé en los rostros que se repiten en la historia con sus mismos rasgos, sus mismas cicatrices, sus vidas paralelas, la una haciendo pequeñas obras de teatro que inventa para matar los ratos en los que no está sirviendo o en los que deja las lecciones de piano que le paga su padre el comerciante, y la otra interpretando a una villana en una película de James Bond como venganza por todas las servidumbres a las que tuvo que someterse ese otro rostro. Pensé que a veces las vidas se encadenan sin que lo sepamos, como los cromosomas y el azar jugando a los dados para ver qué número sale y cómo se resuelve esa nueva vida que, como en el mito de la caverna de Platón, regresa porque no es lo suficientemente sabia como para alcanzar el mundo de las ideas y fundirse en él como la sal de mar al agua, como los amantes que se olvidan de sí mismos siendo uno solo en el otro antes de gritar y deshacerse del deseo, como pintar un rostro que se repite en témpera.

lunes, 5 de octubre de 2015

Clubes de lectura

La mayor parte de los aficionados a la literatura que he conocido han sido, y probablemente son, lectores de un solo estilo o de un mismo arquetipo de literatura. Rara vez salen de sus gustos que entienden como un privilegio de exquisitez y buen gusto. Las redes sociales se llenan de los libros que leen, de los que compran, de portadas que hablan de sí mismos con el orgullo de quien sabe entender lo que es un libro de poemas, o una novela, o un ensayo. No salen de sí mismos del mismo modo que Kant no salía de su ciudad o incluso de su barrio. Esos lectores no son Kant, en cualquiera de los casos.

 
Cuando me apunté a un club de lectura, la primera pregunta fue: ¿qué libros se leen? Y lo cierto es que he leído un buen puñado de libros malos, algunos incluso premiados de un modo inexplicable porque estaban asombrosamente mal escritos y sin el menor atisbo siquiera de oficio. Y es que hay que vender, y sobre eso, no se puede decir nada porque la literatura, como cualquier otro tipo de cosa, no deja de ser parte de un mercadeo que da un salario a quienes se dedican a su explotación. Pero también he leído algún libro bueno, y alguno verdaderamente genial. Pienso en Junot Díaz, en Carlos Fuentes, en Agota Kristoff, en el redescubrimiento de Stanislaw Lem, en los paisajes de Ursula K. Leguin, en la destreza en los diálogos de Dashiel Hammet frente a su escaso valor narrativo, en los libros que desde el club me ha llevado a otros libros, como a devorar a García Márquez, a Hemingway, a encontrar aún más divertido, si cabe, a Bukowski. He encontrado a Kundera excesivamente distante del auténtico humor, demasiado dogmático y también maravillosamente poético en su don existencialista. Pero sobretodo he encontrado a personas con las que hablar y descubrir cada novela que se lee en el club, las buenas y las malas. Cada opinión es una parcela de mundo que enriquece y que te lleva en muchas ocasiones a ampliar aquello que no sabías o no has percibido del libro que has leído. Es asombrosa la capacidad de disparidad que tienen algunas novelas, el abanico de puntos de vista, todos ellos relacionados con las vivencias personales de cada lector.

 
Así hay quién encuentra cierta embriaguez en novelas que le llevan hacia lugares en los que ha estado en su juventud: Egipto o Nuevo Méjico, a una Viena en cuyas calles había visto el vestido de su mujer cuando aún eran jóvenes. Hay quien ve paralelismos entre gente que conoce: del pueblo, del vecindario, del instituto al que fueron los hijos, dueños de pequeñas tiendas que son personajes, y ven en el bien y el mal pretextos para vivir dentro de cada historia todas las historias que nunca formarán parte de sus vidas. También hay quien busca algo honesto que hable del ser humano en sí, y no importa si lo hace usando un lenguaje grosero, u otro poético, si se trata de una novela del oeste americano crepuscular o de ciencia ficción en un planeta tan lejano como la arrogancia que nos acerca a una inmortalidad inexistente.
 
 
 
  
En las redes sociales, entre los gustos de quienes se gustan a sí mismos, sólo encontramos gestos monocromáticos alrededor de pasajes de Cortázar o de Houellebecq: es maravilloso, me encanta, yo lo leí el año pasado y no dejo de pensar en él. Todo eso frente a la diversidad exquisita de un club de lectura donde las novelas que nunca hubieras buscado por ti mismo te asombran o te decepcionan, te exaltan en su magnificencia o en su mediocridad. Y es que vivir debe de ser parecido a todo eso: una mezcla de olores, de capítulos mal escritos frente a otros, de voces tan ajenas que el milagro de la identidad se adueña desde cualquier distancia. La lástima es que haya tan poca gente, demasiado poca, que quiera arriesgarse a que le descubran bazofias o excelencias, hablar de ellas con la espontaneidad con que se habla de una película pésima, a que el tiempo que se le dedica a leer un libro sea sólo el de la seguridad de lo que nos va a gustar y no el del delirio de quien se asoma a un poema de Robert E. Howard y sus bosques oscuros y sombríos parajes de Cimeria como cabellos que se enroscan a la almohada y ella duerme y en su sueño respira algo de ti: tu cuello próximo o tu boca tan cerca de su rostro. Como leer un libro, oler sus hojas, hablar de ello y reírte y aprender.
 
 
 
 

sábado, 26 de septiembre de 2015

Pulp

Cuando leo a Bukowski siento que me gusta mucho más que otros escritores quizá más cultos o con más técnica literaria. Pienso que a veces no se trata solamente de escribir bien, o condenadamente bien, sino que se trata de saber empatizar con el lector. O más que empatizar con el lector, encontrar en él, dentro de él, todo lo humano que nos habita de un modo no expresado verbalmente y cuyas palabras encontramos reproducidas en esa novela.
Al leer Pulp, leo una novela tan absurda y surreal como condenadamente divertida. El padre del realismo sucio, el de las noches de vino barato bebido en pensiones de mala muerte, el que escucha en la radio música de perdedores como Schubert, el que se masturba pensando en las piernas de la dependienta del supermercado o de la camarera, el que se encuentra con mujeres disfuncionales tras el éxito de sus primeros relatos y novelas y que le sacan de su ostracismo sexual, también desprende una profunda ternura tras toda esa desgarrada e irónica visión de cuanto le rodea.
Después de leer casi todas sus novelas te das cuenta de que Bukowski no sabía escribir sobre otro que no fuera él mismo. No importa cuántos nombres usara: Chinaski o Belane, siempre era él tras toda ficción. Puede que exagerara alguna borrachera, puede que algunas de esas mujeres que le llevaron a mostrarse a la defensiva en su manifestación erótica no fuesen exactamente como las describiera, pero eran ellas y sobretodo eran como él las veía: hermosas y distantes, desquiciadas y humanas. La verdad de todos nosotros ahí escrita tras la puerta de un baño público: si quieres sexo homosexual llama a este número, amo a Sonia y se lo he demostrado delante de esta taza, he bebido hasta olvidarme durante unas horas de ti. Eso traduces, porque la única poética que hay en los baños es la misma que la que Bukowski veía en todas sus tardes de derrota y máquina de escribir cuando lo único que quedaba era sacar de dentro todo lo que le salvaba de volverse loco.
Las mejores canciones de amor nacieron de días como esos, de hombres y mujeres rotos que buscaron en la belleza o en su sordidez algo a lo que asirse para darle sentido a lo que no lo tiene, a la vida que nos toca con toda su miseria y pequeñas cosas agradables. Nada tiene sentido, y sin embargo te amo y me perdería en ti hasta no escribir jamás, le he dicho a ella alguna vez. Al menos ser escritor no es como ser músico, porque los músicos se acaban suicidando y los escritores viven el tiempo suficiente. Quizá porque escribir una canción lleva menos tiempo que escribir una novela. Quién sabe, nada tiene sentido y me muero de ganas de perderme en ti, quiero decirle, y cerrar Pulp, y con ella los ojos.
Y olernos.