viernes, 15 de julio de 2016

La hierba de las noches. Patrick Modiano


Cuando empecé a leer La hierba de las noches, no pensé que pudiera acabarla. Me atraen los títulos interesantes, Javier Marías los tiene, Vila Matas los tiene, los de Modiano son extraordinarios. Parecen una invitación a un lugar privilegiado, y en muchos aspectos, así es esta novela extraña y revuelta, quizá, tanto como nosotros mismos, como nuestra memoria enredada a certezas y a incertidumbres, a lo que creemos y los que parece ser frente a los misterios irresolubles de un mapa existencial a cuyo dibujo nunca llegamos. En la novela, Jean es un escritor que recuerda un momento de su pasado descrito en un París de los años sesenta confuso y nocturno, de cafés y secretos, de conspiraciones al otro lado de la pared desde donde lo oímos todo y nos limitamos a ser espectadores de la vida de los otros. Jean es el hombre que vive una vida que parece la de un hombre distinto que comparte recuerdos con otro que fue y que parece más un espectador, alguien que pasa por ahí, un voyeur de acontecimientos ajenos que son como un viaje en metro que nunca llega porque siempre esperamos en los andenes a que algo suceda mientras que lo cierto, es que todo sucede.
La memoria de Modiano es la literatura en particular, lo es el arte en general como testigo de las repeticiones humanas que nos conectan con nuestros semejantes en cualquier parte del tiempo y de las edades, pero lo es la literatura como fuente de un hecho que al ser escrito cobra la dimensión de verdad. Aunque lo cierto, es que esa verdad acaba diluida por otras verdades que también se escribieron en forma de informes que lee sobre gente a la que conoció durante esa época y de la que descubre no saber nada en absoluto.
Continué la lectura en el viaje de ida en un autobús hacia Granada. Seguí leyendo en un apartamento a los pies mismos de la Alhambra. Lo terminé de leer en el viaje de vuelta, con la última luz de la tarde cayendo por la ventana. Pensé entonces que era la metáfora perfecta para un libro así: vivimos a la sombra de muchas historias inconclusas, la oscuridad es como olvidar, apagar una luz a acontecimientos vividos que importantes o no, se pierden y no sabemos si para siempre en pro de otros que quedan ahí y que como en veinticuatro fotogramas por segundo, nos generan la ilusión de una vida. Que ya pronto llegamos a Madrid y que nos besamos y que tuvimos un buen viaje y que quiero escribir libros así, que nos cambien, aunque nadie los lea.

domingo, 29 de mayo de 2016

Retrato de una joven (1485). Domenico Ghirlandaio





Hace exactamente una semana, sobre las diez de la mañana, estaba en el Gulbelkian de Lisboa y miraba un pequeño retrato de una muchacha desconocida que pintó Domenico Ghirlandaio. “Retrato de una joven” data de 1485 y fue realizado en Florencia por encargo, cuyo resultado es un evidente intento de romper con los esquemas simbólicos para acercarse a un tipo de retrato mucho más real propio del Quattrocento. No se sabe quién fue la modelo que posó, puede que la hija de un comerciante de seda. Le dije entonces a ella que me recordaba a Rosamund Pike. ¿La conoces?, pregunté. Sí, respondió: la vimos en Orgullo y prejuicio en casa con mi hermana.
Pensé en los rostros que se repiten en la historia con sus mismos rasgos, sus mismas cicatrices, sus vidas paralelas, la una haciendo pequeñas obras de teatro que inventa para matar los ratos en los que no está sirviendo o en los que deja las lecciones de piano que le paga su padre el comerciante, y la otra interpretando a una villana en una película de James Bond como venganza por todas las servidumbres a las que tuvo que someterse ese otro rostro. Pensé que a veces las vidas se encadenan sin que lo sepamos, como los cromosomas y el azar jugando a los dados para ver qué número sale y cómo se resuelve esa nueva vida que, como en el mito de la caverna de Platón, regresa porque no es lo suficientemente sabia como para alcanzar el mundo de las ideas y fundirse en él como la sal de mar al agua, como los amantes que se olvidan de sí mismos siendo uno solo en el otro antes de gritar y deshacerse del deseo, como pintar un rostro que se repite en témpera.

lunes, 5 de octubre de 2015

Clubes de lectura

La mayor parte de los aficionados a la literatura que he conocido han sido, y probablemente son, lectores de un solo estilo o de un mismo arquetipo de literatura. Rara vez salen de sus gustos que entienden como un privilegio de exquisitez y buen gusto. Las redes sociales se llenan de los libros que leen, de los que compran, de portadas que hablan de sí mismos con el orgullo de quien sabe entender lo que es un libro de poemas, o una novela, o un ensayo. No salen de sí mismos del mismo modo que Kant no salía de su ciudad o incluso de su barrio. Esos lectores no son Kant, en cualquiera de los casos.

 
Cuando me apunté a un club de lectura, la primera pregunta fue: ¿qué libros se leen? Y lo cierto es que he leído un buen puñado de libros malos, algunos incluso premiados de un modo inexplicable porque estaban asombrosamente mal escritos y sin el menor atisbo siquiera de oficio. Y es que hay que vender, y sobre eso, no se puede decir nada porque la literatura, como cualquier otro tipo de cosa, no deja de ser parte de un mercadeo que da un salario a quienes se dedican a su explotación. Pero también he leído algún libro bueno, y alguno verdaderamente genial. Pienso en Junot Díaz, en Carlos Fuentes, en Agota Kristoff, en el redescubrimiento de Stanislaw Lem, en los paisajes de Ursula K. Leguin, en la destreza en los diálogos de Dashiel Hammet frente a su escaso valor narrativo, en los libros que desde el club me ha llevado a otros libros, como a devorar a García Márquez, a Hemingway, a encontrar aún más divertido, si cabe, a Bukowski. He encontrado a Kundera excesivamente distante del auténtico humor, demasiado dogmático y también maravillosamente poético en su don existencialista. Pero sobretodo he encontrado a personas con las que hablar y descubrir cada novela que se lee en el club, las buenas y las malas. Cada opinión es una parcela de mundo que enriquece y que te lleva en muchas ocasiones a ampliar aquello que no sabías o no has percibido del libro que has leído. Es asombrosa la capacidad de disparidad que tienen algunas novelas, el abanico de puntos de vista, todos ellos relacionados con las vivencias personales de cada lector.

 
Así hay quién encuentra cierta embriaguez en novelas que le llevan hacia lugares en los que ha estado en su juventud: Egipto o Nuevo Méjico, a una Viena en cuyas calles había visto el vestido de su mujer cuando aún eran jóvenes. Hay quien ve paralelismos entre gente que conoce: del pueblo, del vecindario, del instituto al que fueron los hijos, dueños de pequeñas tiendas que son personajes, y ven en el bien y el mal pretextos para vivir dentro de cada historia todas las historias que nunca formarán parte de sus vidas. También hay quien busca algo honesto que hable del ser humano en sí, y no importa si lo hace usando un lenguaje grosero, u otro poético, si se trata de una novela del oeste americano crepuscular o de ciencia ficción en un planeta tan lejano como la arrogancia que nos acerca a una inmortalidad inexistente.
 
 
 
  
En las redes sociales, entre los gustos de quienes se gustan a sí mismos, sólo encontramos gestos monocromáticos alrededor de pasajes de Cortázar o de Houellebecq: es maravilloso, me encanta, yo lo leí el año pasado y no dejo de pensar en él. Todo eso frente a la diversidad exquisita de un club de lectura donde las novelas que nunca hubieras buscado por ti mismo te asombran o te decepcionan, te exaltan en su magnificencia o en su mediocridad. Y es que vivir debe de ser parecido a todo eso: una mezcla de olores, de capítulos mal escritos frente a otros, de voces tan ajenas que el milagro de la identidad se adueña desde cualquier distancia. La lástima es que haya tan poca gente, demasiado poca, que quiera arriesgarse a que le descubran bazofias o excelencias, hablar de ellas con la espontaneidad con que se habla de una película pésima, a que el tiempo que se le dedica a leer un libro sea sólo el de la seguridad de lo que nos va a gustar y no el del delirio de quien se asoma a un poema de Robert E. Howard y sus bosques oscuros y sombríos parajes de Cimeria como cabellos que se enroscan a la almohada y ella duerme y en su sueño respira algo de ti: tu cuello próximo o tu boca tan cerca de su rostro. Como leer un libro, oler sus hojas, hablar de ello y reírte y aprender.