lunes, 5 de octubre de 2015

Clubes de lectura

La mayor parte de los aficionados a la literatura que he conocido han sido, y probablemente son, lectores de un solo estilo o de un mismo arquetipo de literatura. Rara vez salen de sus gustos que entienden como un privilegio de exquisitez y buen gusto. Las redes sociales se llenan de los libros que leen, de los que compran, de portadas que hablan de sí mismos con el orgullo de quien sabe entender lo que es un libro de poemas, o una novela, o un ensayo. No salen de sí mismos del mismo modo que Kant no salía de su ciudad o incluso de su barrio. Esos lectores no son Kant, en cualquiera de los casos.

 
Cuando me apunté a un club de lectura, la primera pregunta fue: ¿qué libros se leen? Y lo cierto es que he leído un buen puñado de libros malos, algunos incluso premiados de un modo inexplicable porque estaban asombrosamente mal escritos y sin el menor atisbo siquiera de oficio. Y es que hay que vender, y sobre eso, no se puede decir nada porque la literatura, como cualquier otro tipo de cosa, no deja de ser parte de un mercadeo que da un salario a quienes se dedican a su explotación. Pero también he leído algún libro bueno, y alguno verdaderamente genial. Pienso en Junot Díaz, en Carlos Fuentes, en Agota Kristoff, en el redescubrimiento de Stanislaw Lem, en los paisajes de Ursula K. Leguin, en la destreza en los diálogos de Dashiel Hammet frente a su escaso valor narrativo, en los libros que desde el club me ha llevado a otros libros, como a devorar a García Márquez, a Hemingway, a encontrar aún más divertido, si cabe, a Bukowski. He encontrado a Kundera excesivamente distante del auténtico humor, demasiado dogmático y también maravillosamente poético en su don existencialista. Pero sobretodo he encontrado a personas con las que hablar y descubrir cada novela que se lee en el club, las buenas y las malas. Cada opinión es una parcela de mundo que enriquece y que te lleva en muchas ocasiones a ampliar aquello que no sabías o no has percibido del libro que has leído. Es asombrosa la capacidad de disparidad que tienen algunas novelas, el abanico de puntos de vista, todos ellos relacionados con las vivencias personales de cada lector.

 
Así hay quién encuentra cierta embriaguez en novelas que le llevan hacia lugares en los que ha estado en su juventud: Egipto o Nuevo Méjico, a una Viena en cuyas calles había visto el vestido de su mujer cuando aún eran jóvenes. Hay quien ve paralelismos entre gente que conoce: del pueblo, del vecindario, del instituto al que fueron los hijos, dueños de pequeñas tiendas que son personajes, y ven en el bien y el mal pretextos para vivir dentro de cada historia todas las historias que nunca formarán parte de sus vidas. También hay quien busca algo honesto que hable del ser humano en sí, y no importa si lo hace usando un lenguaje grosero, u otro poético, si se trata de una novela del oeste americano crepuscular o de ciencia ficción en un planeta tan lejano como la arrogancia que nos acerca a una inmortalidad inexistente.
 
 
 
  
En las redes sociales, entre los gustos de quienes se gustan a sí mismos, sólo encontramos gestos monocromáticos alrededor de pasajes de Cortázar o de Houellebecq: es maravilloso, me encanta, yo lo leí el año pasado y no dejo de pensar en él. Todo eso frente a la diversidad exquisita de un club de lectura donde las novelas que nunca hubieras buscado por ti mismo te asombran o te decepcionan, te exaltan en su magnificencia o en su mediocridad. Y es que vivir debe de ser parecido a todo eso: una mezcla de olores, de capítulos mal escritos frente a otros, de voces tan ajenas que el milagro de la identidad se adueña desde cualquier distancia. La lástima es que haya tan poca gente, demasiado poca, que quiera arriesgarse a que le descubran bazofias o excelencias, hablar de ellas con la espontaneidad con que se habla de una película pésima, a que el tiempo que se le dedica a leer un libro sea sólo el de la seguridad de lo que nos va a gustar y no el del delirio de quien se asoma a un poema de Robert E. Howard y sus bosques oscuros y sombríos parajes de Cimeria como cabellos que se enroscan a la almohada y ella duerme y en su sueño respira algo de ti: tu cuello próximo o tu boca tan cerca de su rostro. Como leer un libro, oler sus hojas, hablar de ello y reírte y aprender.
 
 
 
 

sábado, 26 de septiembre de 2015

Pulp

Cuando leo a Bukowski siento que me gusta mucho más que otros escritores quizá más cultos o con más técnica literaria. Pienso que a veces no se trata solamente de escribir bien, o condenadamente bien, sino que se trata de saber empatizar con el lector. O más que empatizar con el lector, encontrar en él, dentro de él, todo lo humano que nos habita de un modo no expresado verbalmente y cuyas palabras encontramos reproducidas en esa novela.
Al leer Pulp, leo una novela tan absurda y surreal como condenadamente divertida. El padre del realismo sucio, el de las noches de vino barato bebido en pensiones de mala muerte, el que escucha en la radio música de perdedores como Schubert, el que se masturba pensando en las piernas de la dependienta del supermercado o de la camarera, el que se encuentra con mujeres disfuncionales tras el éxito de sus primeros relatos y novelas y que le sacan de su ostracismo sexual, también desprende una profunda ternura tras toda esa desgarrada e irónica visión de cuanto le rodea.
Después de leer casi todas sus novelas te das cuenta de que Bukowski no sabía escribir sobre otro que no fuera él mismo. No importa cuántos nombres usara: Chinaski o Belane, siempre era él tras toda ficción. Puede que exagerara alguna borrachera, puede que algunas de esas mujeres que le llevaron a mostrarse a la defensiva en su manifestación erótica no fuesen exactamente como las describiera, pero eran ellas y sobretodo eran como él las veía: hermosas y distantes, desquiciadas y humanas. La verdad de todos nosotros ahí escrita tras la puerta de un baño público: si quieres sexo homosexual llama a este número, amo a Sonia y se lo he demostrado delante de esta taza, he bebido hasta olvidarme durante unas horas de ti. Eso traduces, porque la única poética que hay en los baños es la misma que la que Bukowski veía en todas sus tardes de derrota y máquina de escribir cuando lo único que quedaba era sacar de dentro todo lo que le salvaba de volverse loco.
Las mejores canciones de amor nacieron de días como esos, de hombres y mujeres rotos que buscaron en la belleza o en su sordidez algo a lo que asirse para darle sentido a lo que no lo tiene, a la vida que nos toca con toda su miseria y pequeñas cosas agradables. Nada tiene sentido, y sin embargo te amo y me perdería en ti hasta no escribir jamás, le he dicho a ella alguna vez. Al menos ser escritor no es como ser músico, porque los músicos se acaban suicidando y los escritores viven el tiempo suficiente. Quizá porque escribir una canción lleva menos tiempo que escribir una novela. Quién sabe, nada tiene sentido y me muero de ganas de perderme en ti, quiero decirle, y cerrar Pulp, y con ella los ojos.
Y olernos.

 

lunes, 8 de junio de 2015

Sándor Márai


El domingo por la mañana leía algunos capítulos de una novela de Sándor Márai: “El último encuentro”. En la breve nota que hay al principio del libro sobre el autor, se habla de exilios, primero voluntario en la década de los veinte y luego forzoso después de la Segunda Mundial, tiempo en el que acabó olvidado durante décadas en su Hungría natal mientras el comunismo gobernaba sobre un país cuyos nombres de cuidad cambian hasta borrar el lugar en el que naciste y a ti con él. El final de la nota decía que se había suicidado y este domingo por la mañana, cuando leía sobre un hombre que habita en una casa con un ama de llaves más vieja que él y cuya muerte de ambos puede significar el fin de un tiempo social, sentí curiosidad por saber más de él.
Se marchó de su país que primero fue invadido por los nazis, y después por la Rusia comunista. No se puede tener peor fortuna. Vivió en Europa un tiempo antes de marcharse a Estados Unidos. No hay mucho sobre él buscando en páginas de internet, aunque sí lo suficiente como para comprender que se suicidó con ochenta y tantos años después de haberlo perdido todo, una mujer y un hijo, y puede que su independencia física, ya que una enfermedad no específica le haría ingresar en un centro hospitalario dependiente de cuidados de otros hasta que la vejez extrema y puede que la senectud y antes la memoria le llevaran a morir.
Pienso en sus viajes forzados, en todos los años que pasó con una misma mujer, en la lealtad que se debe de sentir y la fuerza para asumir que tu vida burguesa, la que conoció en Hungría, se desvanecía con la tromba de los totalitarismos. Y que ella seguía ahí, a su lado, con todas las tempestades y todas las vidas posibles inciertas.
Sentado en mi silla, esa mañana, con un aire suave entrando por la ventana y los vecinos aún durmiendo la noche anterior que ya han olvidado, me sentí afortunado. Ella dormía en la cama, junto al cuarto de los libros donde escribo y he escrito largas noches con sus largas interrupciones y sus largas frustraciones. Me levanté y me tumbé junto a ella. La besé hasta que despertó. Le dije que me sentía afortunado, que estaba ahí, que podía ver sus ojos devolviéndome la mirada, que a veces no se necesita mucho más y que eso es todo un mundo.