miércoles, 7 de septiembre de 2016

Las ciudades invisibles. Italo Calvino


Kublai Khan, el rey de los tártaros, escucha todas las historias sobre las ciudades de su imperio que Marco Polo viene a narrarle. El gran Khan le escucha con más atención que a su familia, que a sus falsos amigos, que a todos sus consejeros. Que a cualquiera. Cada ciudad tiene nombre de mujer. Cada ciudad es un imperio de belleza y olores a sándalo, y a pera, y a sudor de elefante tras la lluvia. Cada ciudad es un exquisito poema a un detalle de una ciudad real. Cada ciudad imaginaria es un paseo por la oscuridad de nuestro barrio, de nuestra acera, de los columpios, de los niños que lo alborotan todo, de los adultos que creen que los niños sólo saben jugar y gritar con otros niños. Marco Polo, tan invisible como todas las ciudades que describe, es la Beatriz de Dante, es el Patronio del conde Lucanor,es el narrador escribiendo sobre la silueta del que narra.
Italo Calvino inventa una tela de araña de cuentos breves, líricos hasta el extremo, que van conformando esencias vitales del alma de la ciudad y de quienes las habitan. Aunque los nueve bloques en los que se divide están definidos por un tipo de ciudad determinada que se conforma de lugares descritos conforme a esa esencia, estas ciudades, estas esencias, esos nombres de mujer, se van mezclando en cada uno de los bloques del mismo modo que no se puede separar de nosotros  el amor o el odio, la violencia o la paz, un pensamiento oscuro que inventa una calle llena de arcadas donde los hombres que detestamos acaban presos de la justicia de quienes necesitan impartirla. Y no es una justicia justa, es sólo la justicia de un hombre solo, o de cada uno de los hombres que habitan esa ciudad. Así, los viajeros accidentales huelen un intenso perfume a hierba recién cortada, a tallos recién arrancados, por cada cadáver que ha sido ajusticiado y cuyo cuerpo da vida a la tierra cuyos frutos, son el aliento de esa ciudad.
Así entrelaza Calvino cada cuento, cada poema.
Las ciudades invisibles se publicó en un tiempo en el que aún eran posibles escritores como él, con lectores curiosos por descubrir de otros modos al ser humano que nos habita, el lírico pesimismo que nos condena irremisiblemente hacia nuestra propia pérdida y en cuyo intermedio la música de cada historia que le damos a las ciudades interiores, a las de los signos, a las de la memoria, a las del deseo, o a las sutiles, se transforma en el último acto de belleza de una ciudad que absorbe a otra, y esta a otra, y esta a todo un país y este a todo. Hasta que los primeros hombres y mujeres sin memoria piensan cómo sobrevivir, cómo inventar ese lugar que les proteja sin saber que a su misma vez les condena. Esa botella de alcohol, esa lira.

sábado, 27 de agosto de 2016

La analfabeta. Agota Kristof


 
Compré “La analfabeta” en la última feria del libro de Madrid. El puesto, de la editorial Alpha Decay, estaba vacío y solamente se detenía en él algún curioso accidental. En la feria, las casetas que estaban llenas eran las de los que salían en televisión, presentadores y presentadoras en su mayoría, y con dispositivo de seguridad especial la visita de un youtuber cuyo único mérito en esta existencia consistía en tener un canal donde insultaba a los demás. Me pregunté si sabría lo que es un libro, y no me refiero a reconocerlo por sus pastas. Haciendo cola había, sobretodo, adolescentes. Muy cerca de esa caseta compramos un libro de poesía de Antonio Vega y al ver aquello, sentí sed y quise beberme una cerveza.
En el puesto de Alpha Decay la chica al otro lado del mostrador, al ver que miraba el libro de Kristof, quiso hablarme de ella. Le dije que ya la conocía, que había leído en un club de lectura Klaus y Lucas. Le dije que era un título muy malo para querer aglutinar en un único libro lo que inicialmente fue pensado como tres novelas independientes pero unidas entre sí por la infancia, juventud y madurez de sus protagonistas. Aquella novela me había apasionado y la chica me dijo que le sorprendía que en un club de lectura hubiese llegado una así. Teniendo en cuenta que los libros de la última temporada no me habían gustado en su mayoría, pensé también en ese raro milagro en el que una novela logra algo más que entretener.
La leí entonces con voracidad. Se lee en una hora, en realidad, ya que se trata de capítulos muy breves que hablan de la vida de la autora desde su infancia y adolescencia en un internado de reeducación, su llegada a Suiza como refugiada donde el idioma le convierte en una analfabeta, y el arte de escribir. La prosa de Kristof, va entre lo conciso y lo poético, entre lo lúcido y lo vital. Escritura honesta, que diría Bukowski. Ese tipo de lecturas que te recuerdan que hay algo hermoso frente a todo lo que es mediocre, con esas largas colas ante novelistas sin talento cuya única finalidad es vender, y está bien, nada que objetar al comercio. Pero eso no es literatura. No al menos la que busco, ya que, como con todo, sobre gustos hay mucho escrito y nadie se pone de acuerdo. Después de todo, las novelas, como el cine o la música, son una forma de escape, bien hacia otros lugares que nunca visitaremos, o bien hacia nosotros mismos, como modo de conocernos, comprendernos, ser más empáticos.
Eso es “La analfabeta”, una tipo de narrativa donde encontrar en la verdad y la belleza algo que nos reconcilia si no con los demás, sí en la tregua que hacemos entre nosotros y los fantasmas que nos habitan.

viernes, 26 de agosto de 2016

Opio. Maxence Fermine


“Opio”,  de Maxence Fermine,  se lee y se fuma en una tarde, y tiene ese tipo de narrativa ligera con cierta propensión a la poesía que nunca alcanza del todo. Un quiero y no puedo, o un debería pero no me apetece. Pensé mientras la leía, como otros muchos antes de mí, en Seda de Baricco, ya que su estructura de capítulos muy breves, la idea del viaje exótico de un occidental a un país oriental, y la poesía, están también en esta novela. Pero sucede que como en las películas malas que nacen de películas buenas, por mucho encanto que estas tengan, no dejan de ser una imitación que no es nunca como la original. Porque del mismo modo que Baricco puede recordar a la absoluta delicia de Las ciudades invisibles de Calvino, Seda tiene su propio recorrido íntimo cuyo viaje, no es sólo el de un hombre que viaja hacia Oriente en busca de seda o de té, como en el caso de la novela de Fermine, sino que también lo es de una búsqueda, de algo que conocemos en su trayecto acerca de nosotros mismos, del amor de una Penélope que nos espera más allá incluso de toda esperanza.
"Opio" no es nada de eso. Es una promesa agradable que no acaba de cumplirse, un viaje vacío, una canción cuya letra parece decir cosas y en realidad, como las de Vetusta Morla, no dice nada. Es un misterio que se desvela demasiado evidente y una conclusión demasiado pobre para una idea que prometía si no originalidad, sí al menos cierta artesanía que fuera más allá de entretener sin más.
Con todo lee sin detenerse, sin distracciones, y es el tipo de lectura que recomendaría a quién empieza a leer, a quién le guste viajar a través de la imaginación ya repetida por lo exótico sin pretensiones. Es como un regreso torpe a aquel romanticismo tardío que ya imaginaron compositores como Ketèlbey con su mercado persa, o como Leo Delibes, quien recreaba en su Lakmé un paisaje hindú lleno de flores y de caballeros ingleses, no tan caballeros después de todo ya que fueron a globalizar la India, y que acaban rendidos, hechizados y envenenados ante el embrujo de lo extraño, o del elixir de amor, o de su propio vacío que es como una camisa limpia que cubre el pecho de un sin sangre. O de un fumadero de opio con el que te encuentras mientras buscas la esencia del té más raro y exquisito que hayas probado nunca.