Besarse Como quien mira desde fuera, Hacerlo despacio Bajo el agua de una manguera de jardín, Y el sol de mediodía Deslumbrando los ojos que se cierran. Aquí dentro Sólo somos hermosos cuando no nos miramos. Las lenguas Son peces ciegos Y las bocas abiertas Son cavernas húmedas y un silencio Como la casa Donde entra el aire y respiramos, Y el polvo de la calle Flota llamando a la puerta Como quien toca tu hombro, Y los ladrones corren dentro Y el sonido de los tenedores que caen como toda la ropa Y tú Dejándote ahí atrás Como quien abandona las manos que tocan esa canción Escapando.
Me gustan los libros, su forma, su olor, los pliegues de su lomo, las tapas, el cuadro o la fotografía de la portada, la textura de las letras, todas las promesas que te está haciendo antes de que el primer párrafo te arrastre durante todas sus páginas o lo abandones, esa habitación íntima que de improviso se crea entre el escritor y tú. Porque estás entrando en su mundo y lo estás respirando mientras bailas palabra a palabra con el eco de cada cosa que sucede en tu mente y nunca te sucedió. Como ver nevar una primavera en Madrid.
Cuando me levanté El sol Ese sol Entraba tan brillante por la ventana Que pensé que el frío nunca podría rodear la calle. Y sin embargo Abro las ventanas Y fue como volver a mirar las sábanas de la cama Golpearme blancas y heladas, Y ese vacío De los cigarrillos que ya no están sobre el cenicero Y ese sonido del coche cuando arranca Y la música de carretera mientras los pueblos quedan atrás Y los campos nos rodean Con sus distintos colores a ambos lados de la autopista. Entonces ya no tiene remedio cerrar nada: Has vuelto a entrar como un fantasma Y sé que he soñado contigo Como cuando entrabas en este cuarto Y nos íbamos pudriendo aún siendo demasiado jóvenes Mientras sonreímos y jugamos a cartas Y el motor del coche ya no arranca Y el color de los campos los vemos a través de fotografías Como el olor de la tarde junto a la fuente, Como el olor del perfume de tu cuello Que se lleva el último cigarrillo Y el humo rancio del tabaco Hace tiempo ya, Cuando tus manos Están sobre las manos de otro Sin olvidar cómo eran sobre mi pecho desnudo y todas esas tardes Cuando las mías escriben canciones Que cierran la noche Como la boca A este whisky y el bar que echa sus rejas.
No sé lo que es una buena canción. Muchos hablan de buenas canciones, Las programan en la radio O en sus reproductores personales. Las escuchan cuando están esperando el autobús, Cuando estás bajando las escaleras del metro, Incluso unos segundos antes de besar A esa mujer que te estaba esperando Con el paraguas abierto Y cierta impaciencia. Probablemente piensen que un beso No es un beso de verdad Si no suena esa fanfarria estética Llena de falsos pianos y voz en falsete. Sin embargo, Las únicas buenas canciones, Las que me estremecen, Son las que nacen no de un falso instante Adornado de estética, No de un estribillo pegadizo, Ni siquiera de uno de esos bailes ridículos Como una rima al final de una oración. Sino las que atraviesan el tiempo Como un Giotto Pero con la suciedad de las noches sin dormir, De la casa que huele a tabaco Donde el cigarrillo y esa botella es la única calefacción, De mujeres que ya nunca se quedan, Incluso de mujeres cuya ausencia te obliga a recordar Cuándo fue la última vez De manera que sólo tengas ganas de abofetear A quien quisiera hacer todo lo posible Por invitarte a una más, Beber despacio, Hablarte de ellas como si copiara una canción de Bob Dylan, Y ese rostro perfecto Y esa boca perfecta Se fueran perdiendo como tus ganas de vivir.
Ven a escuchar estas canciones, Dicen que es poesía Porque una vez me sentí perdido Y no encontraba a nadie En los brazos de una mujer. Aún no estoy muerto Y me queda mucho para que eso suceda. Puedo dedicar un estribillo, Puede que cambiarlo para ti si es lo que quieres Y las guitarras no son salvas de despedida. Ven Haz mucho ruido Porque el punk ya no existe, Ni tampoco hay una revolución, Todos los que pueden decir algo duermen Y esta tierra está llena de gente que habla de cosas De las que tan solo ha oído hablar.
Me gusta esta noche Fría como una calle dormitorio de las afueras de Madrid Porque no hay nada más placentero Que la indiferencia, Saber que todo bajo tus pies tiembla Y te importa un bledo, Tu pasta de dientes sobre tu cepillo, Tú mirándote al espejo con esa nieve que se hace de espuma O mar de leve aliento En la orilla del labio Y regresando Donde la música suena tranquila Y friegas los platos Mientras piensas en qué tipo de cosas escribirías Si sintieras lo más mínimo En vez de seguir bebiendo mirando la televisión Inmerso en esa clase de delicioso vacío Donde por tus venas siempre fluyó alcohol Y de ellas nunca jamás se derramara sangre.
Es cierto Que no he sobrevivido A ninguna guerra. Es cierto Que no sé a qué huele La carne recién quemada, Ni lo que significa ser observado Por ese tipo que escucha junto a la pared Para hablar de ti ante el Partido. Vivo en un lugar donde el agua corriente Es tan normal Que me sobrecoge pensar en la gente normal Que no sabe que tener agua corriente, Incluso sólo agua fría, No es tan normal Si se amplía un poco ese punto de vista. Ahí afuera hace demasiado frío, Tanto que ya no sé lo que significa el sabor de la simple caza, No saber lo que es ser servido en un hotel, Viajar en avión, Coger un autobús que me lleve a la otra punta del país. Todo eso que parece normal No lo es. De manera que cuando te veo rota o perdida, Cuando veo que trabajas En un mundo en el que sólo hablan quienes tienen algo, Pienso en ti Tan callada, Sin posibilidad de tener voz Aún cuando los que se creen normales dan por hecho que la tienes Y lo cierto Es que sólo te oyen hablar quienes están al alcance de ti cuando hablas. Entonces Lo único que se me ocurre ahora Sabiendo que como tú también moriré Y que nada quedará de mí ni la memoria de quienes Quisieron amarme, Es convertirme en ti Para cantar contigo Mientras nos reímos un poco de los que tienen voz El viejo blues de los campos de algodón.
Cuando ya se ha pasado de las doce de la noche y la navidad es un día rojo en el calendario, la ciudad es un desierto y el chino del barrio está barriendo la calle levantando polvo de acera en vez de nieve. Pienso en todas las luces encendidas de todos los salones, en los platos ya vacíos, en los juegos de cartas, en amantes cuya fortuna les hace encontrarse en la cama y cada gemido es un pequeño quejido de vida.
Sin embargo, dentro de cada fortaleza a la que llamamos hogar ocurren otras cosas: hay quien brinda con cava caro y luego se encuentran a mitad de camino para continuar con una celebración cuyo origen desconocen; hay quien se queda dormida un día como estos en los que el silencio y un televisor encendido hacen todo lo demás hasta que los ojos caen como lo hacen los amantes rendidos; hay quien escribe mientras suenan esas canciones y pienso en todas las cosas que no están, en el frío que rodea el bloque de edificios, en que el año se termina y que todo el dolor que queda atrás se agarra un instante en la garganta con el deseo de empezar enero sin él.
Mientras todo eso sucede días atrás he caminado de regreso a casa pensado en cómo se viste la ciudad y en como tras cada luz hay un lamento. Con las manos en los bolsillos y la mochila donde llevaba por la mañana la comida del día, he continuado escuchando canciones de Bing Crosby junto a grabaciones de Melodías Pizarras donde ponen canciones de los veinte, treinta y cuarenta que tan bien me suenan bajo el frío de Madrid en diciembre.
Así que gracias por estar ahí, quien quiera que seas, leyendo a veces, regresando en alguna ocasión hoy y cualquier otro día. A los demás, a quienes quise, pero sobretodo a quienes quiero: Feliz navidad.
He estado leyendo Poemas que hablan del desierto, De gasolineras polvorientas junto a la carretera, De un niño que masca chicle sentado en un bidón Que mira siempre donde la arena se levanta Por un golpe de aire. He cerrado el libro Y he mirado por la ventana: He visto edificios con las ventanas cerradas, Gasolineras engullidas por esos edificios junto a la carretera, A ningún niño mascar chicle sentado en un banco del parque Porque hace frío Y la ciudad no es lugar Para que se queden mirando el polvo del suelo que se levanta Por un golpe de viento Como si las horas no existieran O como si ningún peligro fuera a acecharles Más allá de ensuciarse la camiseta O de sentir culpa Por mirar por la cerradura de los baños públicos Como se desnudan las mujeres O cuán a destiempo Llegamos a conocernos.
A veces no es necesario Demasiado, Sólo una o dos palabras Que escuchas cuando estás en el ascensor, O viendo los estantes del supermercado, Puede que cuando te estás masturbando Y al otro lado de la pared El grito de tu vecino Que le dice a su padre: “No me comprendes”. No necesitas nada más Para escribir Que Madrid arde Incluso hoy que es diciembre y el invierno Es un cielo azul como el frío, Que todo es un misterio Incluso lo hermosa que la ves Con esa flor de plástico Atravesando su pelo.
El amante ha de partir a saber a qué guerra y no sabe cuándo regresará. Sin embargo le dice a su amada que le guarde dentro de sí, que nunca le olvide, que regresará. Como si el amor pudiera guardarse dentro de un cofre y cada cosa que somos fuera una partitura. De manera que la imagino mirando como él se aleja sabiendo que por mucho que le guarde todo lo que no se alimenta acaba muriendo, incluso las tempestades, o el luto, o todo lo que en otra parte ya no nos dice absolutamente nada. Así que él canta que nunca le olvide, y ella se gira cuando ha desaparecido y ya no recuerda ni una sola cosa que tuviera que ver con el viento.
Cómo olvidarme De todos esos días En los que fuimos Sin que nada más importara Que quedarnos callados Olvidados incluso del silencio El mar golpeando las tuberías del baño Y el viento Ese paraguas extendido como una alfombra Que nos oculta de la lluvia.
Decía Kundera que el arte de la novela reside no sólo en la capacidad arquitectónica del novelista en lo que se refiere a la construcción del texto, sino en su capacidad de descubrir la trastienda del ser humano, la esencia de cuanto existe de sí mismo proyectado hacia cualquier tiempo. Cortázar habla del silencio sobre lo cotidiano y que el novelista lo que hace es darle voz a todos esos silencios, de manera que cuando leemos ese texto y nos identificamos, de algún modo, ese extraño que nos ha descubierto algo de nosotros mismos que no le hemos contado ni revelado a nadie nos hace sentir menos solos. Lo que me lleva a pensar que el arte es en su esencia ese amigo o ese amante que te busca a través de las edades y de los siglos para confesarte algo de ti mismo que no te atrevías a decir. Quizá porque te sintieras ridículo o porque pensabas que se trataba de algo censurable.
De esta forma imagino a Baudalaire escribiendo la antítesis de sus flores del mal donde la belleza se deforme y se desfigure como su memoria después de los burdeles o del vino, puede que ya del opio. Le ha escrito un poema hermoso a la prostituta que ha yacido con él, porque durante esos momentos se quiso sentir amado porque su piel clamaba un afecto que acaba rendido ante el erotismo. Porque la sustancia del sexo es la sustancia de la belleza, y todo lo deforme y todo lo sucio, todo el sudor o el vino excedido intoxicándole, es exactamente el mismo poema que pudo escribir Rimbaud en brazos de una esclava porque en ese momento de su vida, no existía nadie que pudiera ofrecerle cuánto necesitaba. O quizá comprenderle. La prostituta o la esclava sacan de Baudelaire o de Rimbaud verdades sustanciales de nosotros mismos. Amor falso y belleza verdadera, una dicotomía fascinante que desmonta toda verdad sagrada e inamovible. O más que verdad, todo código moral cuyo significado se ha ido pervirtiendo y desfigurando en tiempos ya obsoletos.
Así que después de haberse derramado sobre la amada eventual, esa flor extinta cuyo olvido empieza con el aire nocturno de Montmartre, veo a Rimbaud escribir por Baudelaire sobre su prostituta perdida: No soy hermosa, pero te busco desesperadamente en cualquier ojo que me haga bella, pues mi perfume no es la hoja intensa y roja del jardín, sino el estiércol del jardinero. Porque todos los poemas llevan tras de sí uno de esos pequeños dramas que si se narraran tal cual nadie querría oír. Porque no sería hermosa y nadie querría mirarme. Porque bebo para sentirme cómoda no en un lugar en el que nadie me aprecie, sino en esa clase de lugar en el que no sé mirarme a mí misma y pierdo todo valor. Salvo en ti que cuando me miras el mundo entero parece temblar a nuestros pies, todas las guerras un silencio donde nos besamos, todas las flores del mundo un único y delicado texto en el que al reconocernos no nos sentimos tan abandonados. Aunque nada sea cierto y tampoco me importe.
El ladrón de Bagdad (1924) Dirigida por Raoul Walsh
Por un instante Simbad no está sentado en el muelle donde ve los barcos zarpar de la ciudad de Bagdad. No masculla a Alá su mala fortuna, y no pasa junto a él un mercader que atiende a su mismo nombre y que por azar le acaba invitando a una de esas tardes en las que por un instante la vida parece transformada en un poema sinfónico de Ravel. Entonces está bebiendo té cuyas hojas parecen hacer sido seleccionadas por Shen Nung, y así es como Scheherazade pasea entre esos dos hombres cuyos nombres se mezclan y en el agua hervida el mar. Un barco saliendo del puerto, donde sirenas y genios o islas que son ballenas, donde países cuyo lenguaje se inscribe en viejas piedras y cada anochecer de cada día la esclava que le sirve té besa su boca y se esfuma a la mañana siguiente dejando un rastro de perfume y esa sensación. Así es como en su octavo viaje del que no suele hablar y poco se menciona, regresa con la única ofrenda al califa cuyo dolor hace estremecerse a las esfinges. Sabe que no deja nada, salvo la historia de siete viajes y ningún descendiente que le llore o le vaya a visitar a su tumba. Y mientras la ve marchar a su nueva vida, se sienta en el muelle donde ve zarpar todos los barcos que le llevarán de una vez por todas lejos de Bagdad, donde la nieve cubra los minaretes y entierre al desierto que se extienda donde se acaba el mar.